Sobre mí

Rafa Hernández. Espíritu libre. Perdedor vocacional. Devoto del Decrecimiento como filosofía. Adoro la montaña, el esquí nórdico, la música, los gatos, las fotos y los buenos poemas. Los malos, también. Grave defecto: soy economista.

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Chuck Berry. Ni más ni menos que rock 'n' roll. #VDLN 152

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Un grupo de colegiales deambulan con la curiosidad que despiertan las salidas de la escuela, por las salas del antiguo Museo Español de Arte Contemporáneo. Dulcemente, la conservadora intenta transmitir a aquellos cerebros receptivos, aún sin excesivas secuelas del virus de la educación, la belleza escondida en determinadas tendencias creativas. Surrealismo, abstracto o las tomaduras de pelo ocultas tras ciertas vanguardias. Hablamos del setenta y muchos, tal vez del ochenta, en pleno auge de aquel pop-art trasnochado que empezaba a tomar las calles de la capital por el turbio asunto de la Movida. Más o menos a mitad de la charla, uno de los críos sentencia:

— O sea, que el arte moderno es aquel que está mal hecho.



La mujer quedó sonriente, como en ella era usual, pero sin capacidad para la respuesta. Orgullosa quizá de haber trasladado a esos infantes, el conocimiento nacido de los años de estudio. En cada una de las reiteradas ocasiones en que mi prima rememoraba aquel episodio, alcancé la misma conclusión: los niños y los viejos, los que siempre dicen la verdad.

Por fortuna, tras tanto camelo encerrado en tanto «ismo», el regreso a las formas realistas de la mejor creación de nuestros días, devolvió la gloria a sus legítimos dueños. Que sí, que sí, que está muy bien eso de la pintura, de la fotografía y hasta de la poesía abstracta o conceptual. A mí Zóbel me encanta, como Plensa o como Barceló, pero no las legiones de impostores que por dibujar, revelar o escribir «gurrapatos», se reivindican en la etiqueta de genios. La creatividad no consiste en asistir a los antros más «in» del momento, disfrazado de fundamentalista islámico («hipster») o de «hippie» sesentero; sino en transmitir a través de lo auténtico. Sin máscaras, sin modas, sin etiquetas que vistan de originalidad la simple ausencia de talento. Siempre entendí que el arte, cuando nace desde la verdad, está reñido con los uniformes y tampoco precisa de expertos que expliquen a la plebe la razón por la que es bueno.



La música no escapa a semejante patología. A ver quién se atreve a afirmar que, con tan escasas como meritorias excepciones, la mayoría de los intérpretes españoles que alcanzaron gloria en los felices ochenta, no poseían la más remota idea de las técnicas elementales de su oficio; o que el sobrevalorado «indie» nacional, crece sobre tres notas repetidas que suenan a viejo, acompañadas de textos con exquisita tendencia hacia lo obvio; que sobran poses y que falta ingenio.

Sin tanto cuento, sin tanto «postureo» en redes sociales, música popular es lo que hacía un tipo de Missouri que respondía al nombre de Chuck Berry; puro hiperrealismo sonoro, sin nada que maquillar. A Elvis le apodaban el rey, por guapo, por blanco y un poco por esa pinta de paleto con la que todas de algún modo nos identificábamos. Pero el tío que inventó esto fue un negro... aunque a la racista industria del disco, le agradara menos.



Decía un andaluz de la Elipa, llamado Pepe Risi, que «un concierto no se acaba hasta que no suena Johnny B. Good». Pues por eso, porque esto es rock and roll y lo demás imitaciones, con él les dejo.



Con el agradecido homenaje al más grande de todos los tiempos, al hombre del que, desde las distancias de la geografía y de la edad, aprendí que cualquier forma de arte nace de la desobediencia y no de la afiliación a estéticas o a credos; feliz #VDLN, feliz primavera. Aunque llegue con frío, repleta de procesiones y de alergias; aunque los días se muestren plenos y se vuelva ínfimo el cálido refugio de la oscuridad... Que les salga bonita. 

Salud y libertad.

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Les Tambours du Bronx. Ruido, mucho ruido. #VDLN 151.

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La llamamos posmoderna o tecnológica, pero habitamos en la sociedad del ruido. Que no respondes al verde de un semáforo, cual Jorge Lorenzo en la salida de un gran premio: bocinazo. Si los energúmenos de arriba padecen las lógicas dificultades de la convivencia o uno de sus adolescentes volvió a casa en el estado propio de la edad: una de gritos. Para qué emplear el diálogo sereno como herramienta de comprensión mutua o para qué colocarnos en el lugar del otro, cuando podemos resolver el tema a voces. Incluso en el trabajo todo se vuelve agresión sonora: el ordenador, el teléfono, la puñetera rotonda que se escucha como si estuvieras escribiendo sobre ella o la voz de una secretaria, incapaz de comprender que entre tus múltiples taras, aún no se encuentra la sordera. Lo de los tonos del móvil no tiene nombre. Deberían penalizar con dos años de arresto a quienes escogen como sintonía la exquisita pieza de El chocolatero.


Ruido, mucho ruido, hasta en las fiestas. A quién se le ocurriría que petardos y fuegos artificiales nacieron para endulzarnos la vida. Voces, gritos, estruendos; el mal endémico de esta península que permite distinguir a cualquiera de sus habitantes entre la masa del metro londinense. Que no, que no me interesan los líos amorosos de los de la terraza de abajo, ni preciso conocer el pésimo gusto musical de los señores de enfrente. Tampoco que al joven del Seat Ibiza - el que transformó el maletero en un bar de copas-, las hormonas le volvieron un perfecto hortera. El reggaeton, como cualquier otra vergüenza, se lo guarda uno para los momentos propios. Todas nos metemos el dedo en la nariz o expulsamos gases como quien no quiere la cosa, pero por simple educación, lo reducimos al espacio de lo íntimo, sin necesidad de compartir con nuestros semejantes lo mal que nos sientan las alubias pintas.

Huyendo del ruido - de todos los ruidos - alquilé una casa en las afueras, en ese punto exacto en el que campo y ciudad parecen confundirse. Ni así. El de la parcela de al lado resultó ser una especie de Jackson Sawyer, pero con la distinción de cliente del mes en Leroy Merlin. Posee todo un arsenal de chismes ruidosos que, por circunstancias que escapan al entendimiento medio, se ponen en marcha solo en festivos y a las nueve en punto de la madrugada. Cortacésped, podadora, máquina de taladrar, soplahojas… Imposible el dialogo. Tras infructuosos intentos recurrí al Duality de Slipknot aputando recto hacia la ventana de su dormitorio. Cuando el tío se presentó en mi casa, en pijama y hecho una fiera, le respondí con la misma frase que tantas veces escuché salir de su boca:

– Cada uno tenemos nuestros horarios, amigo. Mis mejores textos nacen en la noche, a eso de las cuatro y media, y preciso de la música a toda hostia para encontrarme con la inspiración. Si tú eres incapaz de apañar el seto en horas civilizadas, yo no tengo por qué soportar la innecesaria molestia de los auriculares.



El asunto no se circunscribe al cuidado de esa birria de jardín que el tipo mima como si fuera Versalles o algún castillo de Loira. En los cumpleaños de los nenes siento apagar las velas en mi alcoba y las navidades bordean el surrealismo; aunque nada comparable al despliegue pirotécnico de fin de año o a las celebraciones de los goles del Madrid. Encima eso, del Madrid, en casa de alguien al que no le gusta el fútbol y que nació atlético radical en legítima defensa ante el blanquecino forofismo paterno.

– A ver tío, te lo explico desde la elegancia. ¿Por qué no untas los explosivos con vaselina y así, a modo de supositorio, te los introduces tiernamente por donde corresponda? Tienes razón, soy un raro muy desagradable y además hablo bajito; también asumo que los dolores de cabeza me pertenecen como problema, pero yo no tengo la culpa de que padecieras tan adversa fortuna en el sorteo de la genética.


En fin, que se pone en boca de Beethoven aquello de “no interrumpas el silencio, si no es para mejorarlo”. Y precisamente eso, mejorar el silencio sin otras armas que unos palos y unos bidones viejos, es lo que consiguen estos bretones que responden al nombre de Les Tambours Du Bronx. Mi último recurso antes de sumergirme en la ingrata tarea de buscar apartamento. Con ellos les dejo. Espero que les gusten.

Feliz #VDLN, feliz semana. Salud, libertad y... silencio.

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Brian Ferry. My Only Love. #VDLN 150.

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Se hallaron sin buscarse. Cualquier lugar de una ciudad cualquiera, en pleno delirio de los primeros ochenta. Unas copas, decenas de cigarrillos y quizá hasta algo más fuerte; cosas de la época. Ella iba de artista postmoderna, aunque eludiendo por coquetería aquellos horribles cardados que lanzó al estrellato la llorada Paloma Chamorro; él, de negro impecable, a juego con su estudiado personaje de postpunk instruido. Charlaron de música... porque de algo había que hablar para encontrarse.


– Lo mío es Bauhaus, son totales.

No me vaciles, colega. Con un flequillo de treinta centímetros y esa camisa amplia a lo Brian Ferry, seguro que te mola Roxy Music. Tienes un poco pinta de pardillo, pero te delata la forma de expresarte. A mí me encanta, es la hostia, y solo admito basca que coincida en ese criterio. Paso de enrollarme con imbéciles, me gustan los tíos con clase. No creo que actúen en este país de mierda ahora que se divorcian para siempre. Si te hace, arrimamos pasta y movemos el culo a donde toquen…

... Madrid, verano de dos mil catorce. Un tipo en plena madurez se adentra en La Riviera con singular gesto de despiste. De negro impoluto, por momentos parece alejarse de la compañía, a la captura quizá de esa soledad que se vuelve imprescindible para soportar multitudes. Sobre el escenario, la elegancia convertida en notas atemporales. Otra vez, quizá la última, que coincide con el genio de Sunderland. Distanciados por la edad en casi dos décadas, cada cual a su modo empiezan a percibirse mayores. Pero a quién le importan los años, cuando entre ambos evocan el recuerdo permanente de Aquella canción de Roxy (La Mode).
 
A veces me pregunto
más de lo que las palabras pueden decir.
El cielo sabe que es bastante difícil rezar.
Déjame decirte algo: hay un cambio en mí.
Incluso ahora que te has ido, siempre estarás.
Mi único amor
¿Parece tan divertido que un tonto llore?
¿Sabes el significado de la despedida?
Hay un río que fluye entre los sauces.
Cuando necesites conocerlo, acuérdate de mí.
Mi único amor.
Déjame decirte algo
más de lo que las palabras pueden decir.
Pero son todo lo que tengo, no hay otra manera.
Hay un río que fluye entre los sauces.
Cuando te encuentres allí, acuérdate de mí.
Mi único amor



Aunque su completa comprensión escape a quienes no vivieron esos tiempos difíciles, hay que ver lo que inventamos tras ciento cincuenta ediciones, cuando ya no sabemos qué escribir los viernes. Nos salva una interpretación para la que se siente escaso cualquier calificativo. Por voz, por teclados, por coros, por partitura y por un duelo de guitarras entre Phil Manzanera Oliver Thompson, en el que solo el oyente obtiene el premio de la victoria. La técnica exquisita del consagrado, frente a la indómita emoción del aspirante con talento; las dos al servicio de ese toque de clase característico del espíritu eterno de Roxy Music. Pese a mi natural aversión hacia la cultura anglosajona, un trozo con esmoquin de la mejor historia de la música popular. Espero que les guste.

Feliz #VDLN, feliz semana. Salud y libertad.


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Lichis. Febrero. #VDLN 149.

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Perdido en algún lugar de la Castilla profunda, me despierto lento. Último lunes de febrero. Por ese don para el autoengaño con el que todas nacemos, prefiero acusar de asesinato a la química farmacéutica, aunque cuando charlo con el espejo de la verdad, los dos lo reconocemos consecuencia de una cabeza que nunca del todo aprendió a detenerse. Como parte de ese rito diario con el que engañar a la soledad, rebusco en el móvil. Lo de siempre. Nada. Cincuenta y tantos correos del curro a los que hace tiempo premio con la indiferencia; un buen puñado de entradas apocalípticas en redes sociales; decenas de opiniones vacías, sin otra finalidad que coleccionar "likes" como quien captura pokemon, o encontrar en los hechos la ratificación de sus prejuicios. Una de las pocas cosas en las que coincido con Keynes: más que adquirir las nuevas ideas, lo que en realidad cuesta es desprenderse de las antiguas; asumir que lo aprendido durante años ya no vale y toca reinventarse. Injusta penitencia la tragarte los minutos de gloria de un buen puñado de seres que, con excepciones contadas, nacieron con vocación de megáfono. 

Completo el desayuno con unos cuantos telegrams, una especie de whatsapp ruso para raros, propio de quienes nos tatuamos en el alma la aversión primaria hacia todo lo que apeste a sueño americano. Como cualquier otro servicio de mensajería, posee la virtud de transmitir decenas de palabras sin sustancia y de no mostrar casi nunca aquellas que más ansiamos recibir. Sumo todo o quizás elijo el arma. Y me pongo a escuchar Febrero. Tal vez porque yo también reservo mi mejor jugada para los minutos de la basura, o porque aún desconfío de la primavera y de aquellos que alardean con decir siempre lo que piesan. 



Miguel Ángel Hernando Trillo, Lichis. Catalán de Lavapiés o madrileño del barrio de Gracia, lo que prefieran. Un tipo que, tras asesinar a La cabra, se dedica a fabricar en solitario letras con esa acidez imprescindible para endulzar la vida, y a envolverlas en melodías que ya no sirven de bises en las fiestas de los pueblos. Gracias Febrero... por no intentar jamás salvarme la vida. 

Espero que les guste el adelanto de su nuevo disco. Se publicará a finales de mes, bajo el título de Mariposas. En mi personal criterio, promete, como todo lo suyo. De momento, ya me he comprado una nueva libreta negra y un rotulador de punta fina. Veremos lo que son capaces de escribir.

Feliz #VDLN, feliz semana. Salud y libertad.

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Sueños.

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De niño sueñas
con alcanzar el grado de mayor.
De adolescente
con la profesora de lengua.
De joven
con un descapotable hortera
diez botellas de alcohol
y con alguna tía que esté muy buena.
De menos joven
con dos niños que no den mucha guerra
un trabajo aburrido
y un chalet con charca en las afueras.
Al conquistar la madurez
despiertas.
Solo anhelas algo (o alguien)
con quien huir para siempre de los sueños.
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Boy George. Un paseo por Oxford Street. #VDLN 148

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Los machos propusieron un plan lo bastante poco ilusionante como para que prefiriera permanecer con las damas en Oxford Street. Por causas que nunca he llegado a descifrar del todo, una función continua en mi historia personal. Ocho mujeres, ocho, para mí solo. Las ocho de compras, las ocho recién salidas de la adolescencia y con todo el centro consumista de Londres por delante. Comercios de moda, joyerías, institutos de belleza y hasta souvenirs. Ni la amenaza de sobreprecio por exceso de equipaje se mostraba capaz de contener semejante furia de ilusiones. Al final no cargarían con tanto, no lo recuerdo; se trataba más de ver, de experimentar, de probarse, quizá de aprovechar aquel viaje para regresar diciendo “yo estuve allí”.


– ¿Qué tal me queda? – , comentaba "la mía" de vez en vez como por entretenerme, entendiéndose el posesivo a modo de etiqueta de una relación  y nunca como el ejercicio de un derecho de propiedad que ni consiento sobre mí, ni creo haber ejercido nunca sobre nadie.

– Bien, muy bien, estás preciosa, pero no le echemos la culpa a la ropa.

Rafa y sus eternas paciencias evitativas. Rafa y sus verdades que, según frase reiterada por una buena amiga, de puro amables se confunden con cumplidos de albañil ilustrado. La mala educación, la perpetua obsesión por no causar daño que a veces solo consigue multiplicarlo. Una especie de maldición genética que me perseguirá hasta que la escritura de algún funcionario convierta en nombre escrito sobre el agua, a aquel con el que me bautizaron.

Tras unas cuantas horas de tabaco y esperas interminables, en legítima defensa decidí colarme en una de las hoy extinguidas tiendas de discos. El sueño cumplido de todo aspirante a post-punk que se preciase. Por ese complejo de inferioridad cultural tan propio de esta península, imaginaba el recinto inundado de lps de los Clash, de Siouxie Sioux, de Ramones o hallar allí el último grito de Alan Vega, dedicado personalmente por el autor. Qué decepción. El mejor lugar del escaparate para un tal Julio Iglesias, un gallego madridista y medio facha (no sé que preferir) que hacía furor allá por los primeros ochenta. Lo peor llegó más tarde, cuando uno de sus hijos, Enrique, decidió convertir en bueno al  padre. Ni rastro de The Durruti Column o de los Residents... dos horas de pánico en el avión para toparme de narices con la sección de éxitos de El Corte Inglés. 


Completé la maleta con algo de Tuxedomoon y con una joya de Psicodelic Furs que aún conservo como sintonía para los instantes de bajón. Solo reparé en el hilo musical al escuchar el estribillo de unos por entonces desconocidos Culture Club: “¿de verdad quieres herirme?” Lo asocié de modo inconsciente a la epidemia de decepciones que ya por entonces apuntaba maneras, a las interminables compras y a aquel cantante hortera que se definía mitad truhán, mitad señor. Por supuesto que adquirí el maxisingle; en parte por el encanto de los sonidos característicos de la gente de Boy George; y también como venganza reivindicativa hacia la cruel sonrisa de mi compañera de viaje. Cuando la banda londinense alcanzó el triunfo de masas, de nuevo me sentí culpable; otra constante, otra tragedia aburrida por repetición. Un tonti-culto adicto a las vanguardias que importó de Londres un hit de los cuarenta principales. Ojo a la versión que es fascinante.



Boy George, un tipo con el mérito de sobrevivir a esa fatal coalición de alcohol, depresión y opio que a tantos otros condujo hasta la tumba. Por encima de una estética un tanto llamativa, consigue fusionar como nadie el soul, el rock y el reggae con textos de los que dicen mucho en pocas palabras. En ocasiones reivindicativos, otras explorando los sentimientos humanos hasta hacer cumbre en la fuente de las emociones. Lejos ya del éxito de masas y del virus neorromántico que diseñó en los ochenta junto a Duran-Duran o Spandau Ballet, sigue fabricando buenas canciones. Quizá aún mejores que las de su etapa de juventud. Como este precioso Love & danger, una historia dura sobre un triángulo amoroso complicado por la distinta orientación sexual de los amantes; o como ese reproche irónico tras una ruptura que publicó en 2.013, bajo el título de It's easy





Feliz #VDLN, feliz semana. Gocen de la vida hasta donde se deje con salud y en libertad.

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Kælan mikla. Y los sueños, sueños son. #VDLN 147

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Aunque nunca llegué a distinguir del todo si la reiteración se correspondía con la realidad o con un personaje más de aquel insistente sueño, en mi recuerdo quedó grabada la idea de que se repetía varias veces en una misma noche. Caminaba tranquilo por una especie de desierto. Mucha arena, algo de viento y una luz deslumbrante, incompatible con la fotofobia que ya desde mis primeros años se postulaba como inseparable compañera de viaje. El aire, dentro del blanco y negro habitual en este tipo de episodios, se mostraba de un gris tan intenso que mi cerebro lo traducía de inmediato al tono magenta. No me pregunten cómo, pero las moléculas de oxígeno se distinguían a simple vista y, pese a lo solitario del paisaje, no me transmitía signo alguno de intranquilidad.

Foto: Orange 'Ear
Sin señales previas, todo cambiaba de repente. El cielo se cubría con un raro espectáculo que años más tarde creí identificar como una aurora boreal. Auroras en pleno Sahara, eso sí que es buen sueño, sobre todo para un crío que ni siquiera conocía la existencia de las primeras. Tras la tormenta de polvo levantada al paso del fenómeno, atisbaba en el horizonte algo parecido a un ejército. Sin mostrar síntomas aparentes de agresividad, me provocaban una cierta inquietud. Circulaban en perfecta formación, uniformados y con un rostro tan borroso que impedía distinguir sus facciones. Todos se advertían iguales, absolutamente idénticos.

Tras el primer sobresalto, un terror incontrolable se apoderaba de mi cuerpo. Comenzaba a correr, sin rumbo y sin avanzar. Pese a todos los esfuerzos, las piernas permanecían ancladas al mismo punto del terreno. De golpe, como si algo sobrenatural hubiera acudido en mi rescate, me veía inmerso en un pequeño agujero, muy angosto, pero ampliable, que extendía sus paredes a medida que yo avanzaba en cualquier dirección, manteniendo constante la distancia que me separaba de ellas. Poco a poco recuperaba la serenidad y reconocía aquel espacio en densa penumbra como un hogar seguro. Decenas de gatos, todos negros, me acompañaban. Ni un mal punto iluminado, ni una torpe puerta o cualquier otro dispositivo que comunicara con el resto del universo; al fin me sentía a salvo.



Al rato descubría un minúsculo orificio por el que podía observar el exterior, un poco al modo del periscopio de un submarino. Qué privilegio, contemplarlo todo sin peligro y sin nadie en el entorno que me exigiera una conducta determinada. Los felinos me acariciaban por turnos. Se restregaban contra las piernas y me lamían las orejas (también otras zonas que no es necesario describir con precisión), en un gesto inequívoco de que me reconocían como uno de los suyos. Yo les correspondía en lo referente al aparato auditivo, pero dimitía del resto; a fin de cuentas hasta en sueños me confieso humano y me parecía una marranada eso de chupar culos de gato. No nos hallábamos solos, además de los peludos allí habitaba alguien más, otro ser sin rostro que nunca se expresaba, pero que sin razón conocida, aportaba la calma justa para sentirme en paz. 

Me despertaba al observar por aquella extraña mirilla una bota enorme que ennegrecía la visión. Tras el pisotón, pegaba un par de vueltas en la cama y hacía lo que uno hace cuando se levanta a media noche. A juzgar por el rapapolvo familiar del día siguiente, no debía andar muy fino de puntería. Los mayores lo achacaban al sonambulismo que, según ellos, padecía desde el nacimiento. Al principio me molestaba que nadie reconociera mi estado de plena consciencia; no me creía ni la abuela, el único animal que no interpretaba mis dolores de cabeza como una forma de centrar la atención. Luego descubrí que hasta en aquella hiriente incredulidad, podía hallar algo positivo. Qué placer infringir las normas que obligaban a mearse dentro, sin la incomodidad de que alguien me encontrase responsable de semejante vileza. Una infantil venganza personal: dudáis de mí, me obligáis a lo que aborrezco, pero pagareis limpiando mis orines. Algo que, en otros ámbitos y en sentido estrictamente metafórico, intuyo que sigo practicando de algún modo. Después volvía a dormirme y otra vez a soñar con el sueño…



El episodio me persiguió durante buena parte de la vida; invariable, lento y con tal percepción de realidad que aún recuerdo el exquisito olor a tierra mojada inundando el interior de aquel búnker secreto. Del rito suprimí el asunto de la micción cuando comencé a ser yo el responsable de desinfectar los baños. Nadie es lo bastante estúpido como para vengarse de sí mismo. 

Aunque supongo que un psicoanalista se pondría guarro interpretándolo, nunca alcancé a comprender el significado de aquel sueño obsesivo; ni, pese a la angustia con la que concluía, puedo calificarlo en rigor como pesadilla. Jamás he percibido mayor sensación de calma que al resguardo de mi refugio subterráneo.

Pronto aprendí a practicarlo despierto. Lo buscaba con ansia en todo momento: cuando me aburría como un salmón en el colegio, cuando me obligaban a jugar en compañía de aquellos estúpidos vecinos porque pertenecían a buena familia, o cuando la policía del pensamiento descubría, bajo el cuaderno en el que alargaba hasta el infinito unos deberes escolares que en sí no debían cobrarse más de cinco minutos, mis primeros manuscritos infantiles o los recortes de prensa con las partidas de Bobby Fischer.

Aquel sueño desapareció sin aparentes razones hace ya algún tiempo. Pero siempre mantuve la duda si de veras se esfumó del inconsciente o seguía allí, repitiéndose en cada oscuridad y era yo quien no lo recordaba. Bajo los efectos de unas dosis de antidepresivos en trámite de retirada, retornó hace apenas unos pocos días. La misma arena, idéntico ejército, calcada aurora boreal. Solo una innovación, supongo que a causa de la edad: por fin identifiqué el rostro del ser que me acompañaba. Pero eso, no se lo voy a contar; todos tenemos derecho a guardarnos algún secreto.



En premio a quienes hayan sido capaces de llegar leyendo hasta aquí, les aclaro que la música que se reparte sin orden en esta entrada caótica, se debe a Kælan mikla. La banda sonora ideal para aportar ambiente obsesivo a mi obsesivo sueño. Pertenecen a la nueva ola de ese dark-punk con el que tanto me identifico y nos llegan desde Islandia. La tierra en que mejor pueden observarse auroras boreales en determinadas épocas del año y el lugar elegido para su destierro por el gran Bobby Fischer. Para quienes no conozcan mucho de escaques, quizá el ajedrecista más creativo de la historia; un genio medio judío que terminó renegando hasta de sí mismo. El único ser, real o imaginario, en quien alguna vez reconocí cualidades divinas.

Feliz #VDLN, feliz semana. Disculpen este texto a todas luces desproporcionado. En ocasiones, soy así, un poco el niño de Sexto sentido. Sin demasiada convicción espero que al menos les agraden los temas. Aunque no comprenda una sola palabra (solo los necios precisan entender aquello por lo que se sienten atraído), las líneas de bajo y la voz de Laufey Soffía me vuelven loco (más). En la próxima entrega me comprometo a ejercer de breve. Como siempre, salud y libertad. 

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Huelga general.

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Me declaro en huelga de quienes actúan sin pensar
y de los que a base de profundas reflexiones
omiten siempre transformarlas en hechos.
De cuentos de princesas encantadas
y de encantadoras princesas con mucho cuento.
De los que hablan en plural
y de los machos muy machos
que se vuelven sapos al primer beso.
De doctrinas perfectas
de preciosas ideas imposibles
de partidos y de enteros.
De dulces amargos
de roscones sin premio.

Me declaro en huelga de espinacas cocidas
y de coles de Bruselas por más que las rehoguemos.
De cirugía plástica
de plásticos
de idiotas pontificantes en los medios.
De cadáveres en los platos
de cereales transgénicos.
De medicinas alternativas
o de médicos de familia
que todo lo sanan con ibuprofeno.

Me declaro en huelga de cazadores asesinos
de presas profesionales
de taurópatas confesos.
De quienes ganan
de los que pierden
porque en ganar y en perder
consiste el juego.
De homeópatas de la inteligencia
que piensan que al diluirla
multiplica sus efectos.
De cualquier autoridad
de los malos y hasta de los buenos.

Me declaro en huelga de quienes todo lo dominan
de los carentes de dudas
de los que necesitan tener razón para tener razón.
De los ineptos.
De los que aman matando
y de los que matan queriendo.
De intelectuales
de sindicalistas
de emprendedores y de banqueros.

Me declaro en huelga del Madrid y del Barsa
de Contador
de Nadal
y quizá de algún concierto.
De Semana Santa
de carnavales
del catorce de febrero.

Me declaro en huelga de mí mismo
porque de ti
ya no puedo.


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