Sobre mí

Rafa Hernández. Espíritu libre. Perdedor vocacional. Devoto del Decrecimiento como filosofía. Adoro la montaña, el esquí nórdico, la música, los gatos, las fotos y los buenos poemas. Los malos, también. Grave defecto: soy economista.

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Evanescence. My Immortal. Belleza que duele. #VDLN 142. .

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Hola Rafa. Soy Eva, la hija de Luis Alberto. Mi padre ya no puede contestarle. Por razones que es muy posible comprendáis vos más que yo, dada la íntima relación que mantenían pese a la distancia, decidió terminar el pasado día cuatro. Lo hizo a su modo, como siempre vivió. Se subió a una silla, amarró una cuerda a una de la vigas del techado, se la anudó al cuello y desplazó el asiento. Eso es todo.


Maldito whatsapp convertido en córvido mensajero de malas noticias; maldita la vida que no encontró para ti el sitio que merecías; y malditos los que, pese a intentarlo con todas nuestras fuerzas, no inventamos el modo de ayudarte. Tu paisano el Ché, ese al que tanto idolatrabas, dijo una vez que más valía morir en pie. No era preciso tomarlo tan a pecho. Sepas que te entendí hasta en tu última decisión, nada quedó que no comprendiéramos el uno del otro. Aunque confieso que a veces me incomodaban, echaré de menos tus mensajes a mis cinco de la mañana. Una hora siempre inadecuada, temprana para despertar, tardía para iniciar el sueño. Perfecto símil de nuestra existencia, de la tuya y de la mía. Un beso tío, te quiero. Eso es todo.

Para ti que seguirás estando aunque escogieras no estar, y para quienes me enseñaron a vivir y ya se fueron, Evanescence, My Immortal. Una preciosa composición de Amy Lee que, como todo lo que en este mundo he amado, termina por hacerme llorar.



Apetezca o no, el espectáculo continúa. Disculpen unos subtítulos repletos de incorrecciones, pero no me sentí con ánimos de subir el vídeo a mi canal con una traducción decente. Espero que al menos les guste la canción. Feliz #VDLN. Salud y libertad.

PDT: porque con frecuencia interpretamos como sexo lo que no es más que amor, el tema está inspirado en la relación de Amy con su hermana, desaparecida en plena juventud.

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Yuja Wang. Porque la música, como la vida, se puede tocar de otra manera. #VDLN 141.

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Tranquil@s. Por respeto a los padres y a los críos no voy a opinar sobre la festividad del día. Se acabaron los malos rollos. Para el nuevo año me he fijado como meta alejar de mí lo tóxico, lo nocivo. Me niego a vivir en vilo contemplando dramas de guerra, políticos putrefactos, chantajistas emocionales, maltratador@s de todo tipo de seres vivos, egoistas, telebasura (valga la redundancia), manipulador@s, víctimas profesionales, masacres terroristas… Entre la infinita suciedad que con plena intención, a diario nos obsequian los medios, subsiste el bien, la amistad gratuita, millones de individuos anónimos para quienes se inventó el sobrenombre de buena gente. Personas carentes de denominación mercantil que practican la bondad sin premio porque no saben hacer otra cosa. Simios alérgicos a los “ismos” que supieron olvidar la sinrazón de la razón para dejarse conducir por el instinto.



Hoy sin tiempo, con “la intenet” recien recuperada tras árdua pelea con la compañía telefónica, y con la voluntad de comentar otros blog y responder a los lectores, vencida la imposibilidad técnica de realizarlo desde el móvil, les dejo tres temas con los que ilustrar las ideas que apuntaba al principio. Yuja Wang, una joven intérprete china, que a su virtuosismo a las teclas, une el descaro de subirse con minifalda a los tétricos escenarios de la llamada música clásica. Porque el piano, como la vida o como el amor, se puede tocar de otra manera.



Espero que les guste mi presente para esta noche de mentiras y regalos. Feliz #VDLN, feliz semana. Salud y libertad.


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2016, El año que vivimos peligrosamente. #VDLN 140.

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Fin de calendario. Tiempo de balances y de buenos propósitos que con alta probabilidad nunca alcanzarán destino. Quizá trabajar menos, tal vez aumentar la dosis de verduras de proximidad en nuestra dieta o incluso dejar de fumar para los que aún permanezcan encarcelados en tan absurdo presidio. Puede que algún suicida hasta piense en practicar un poco de ejercicio. En mi insignificante historia personal hubo años buenos; años regulares que por aburridos, ni siquiera merecen el trofeo del recuerdo; también años horrorosos de los que al final algo aprendimos… Y luego está 2.016, donde el fotógrafo de la existencia olvidó los grises para fabricar una imagen hipercontrastada a base de blancos y negros puros. Colores nítidos, intensos; el yin y el yang prisioneros en un frasco que desoyendo las instrucciones más sensatas, olvidé agitar antes del uso para conseguir una mezcla aceptable. Como en aquella peli ochentera de Peter Weir, con la que me enamoré perdidamente de Sigourney Weaver y de la banda sonora de Maurice Jarre, El año que vivimos peligrosamente.



En lo negativo, lo de siempre. Una buena colección de decepciones ý mis dos malas cabezas empeñadas en asestar el golpe maestro. Obtuve marca personal en el número de crisis cefaleicas. Nunca antes padecí tantas, ni con tan hiriente intensidad. Y según la experta en estos temas, también una depresión atípica (por asintomática), pero con unos modales que a poco termina con mis cenizas de adorno en el salón de alguno de los hijos. Sin caprichos exóticos respecto al destino de mis huesos cuando el alma fallezca con el cuerpo, ante el repentino pronunciamiento de la Iglesia, fiel a su hábito opositor a cualquier idea de progreso, qué gustazo lo de pecar hasta después de muerto.

En el bando blanco, el definitivo alejamiento de una política que no conduce a nada. Los de siempre dan asco y los que llegaron del futuro en plan Don Limpio, pronto se convirtieron en simples sustitutos. Según la dirección de la mirada, demasiados parecidos con Franco o con Stalin para tomarlos en serio. Madre mía la que tienen montada “los de la gente”. Vaya mala pata que tanto el yerno perfecto como “el núcleo irradiador” se desenmascararan en cuatro días como simples opositores al nefasto cuerpo de Parásitos del Estado. Si estos son los que tienen que arreglarlo, la cosa carece de arreglo. 

Fue también una vuelta al sol en la que aparecieron en mi vida una colección de seres que, aunque por episodios anteriores uno tiende a la desconfianza, llegaron con la decisión mutua de permanecer. En lo literario volví a publicar y con el anárquico estilo de enfrentarme a casi todo, no ceso de producir nuevos textos. En prosa o en verso cuatro aventuras en tránsito, como único remedio frente a una sociedad que cada vez me agrada menos. Hago propia la letra de Robe Iniesta que mantengo de sintonía en mi estado de determinado servicio de comunicación telemática: “alejarme más de la gente, alejarme de todo en lo que creen y olvidar la manera de volver”.

Respecto a lo musical, muchas desapariciones indeseadas: Bowie, Cohen, Prince, Natalie Cole, Alan Vega, el entrañable Manolo Tena y por encima de todos ellos, aunque en escenarios menos populares, el gran Zoltan Kocsis; pianista solitario que logró emocionarme tantas veces interpretando a Listz, a Chopin o a Bartok



2.016 nos regaló también tres discos  nacionales para enmarcar (Coque Malla, Maika Makovski y el ya citado Robe, sin orden en cuanto a preferencias), dos joyas en lengua extranjera ( The Hope Six Demolition Project de P.J. Harvey y la vuelta de Damien Saez) y un buen puñado de conciertos inolvidables: los dos de Bunbury, el del Kiko Veneno, el clasicismo eléctrico de Simphonity, la magia de Christina Rosenvinge, el rock sin fecha del señor Rot, el buen gusto de Amparo Llanos que dejó atrás Dover para decidirse al fin a cantar y ser ella misma en New Day, y… The Cure.

Con estos últimos, en un espectáculo sin comparación posible de más de tres horas, regresé al bosque de las tinieblas para recuperar los tonos proscritos durante el resto del año. Un lugar a salvo de la estafa cerebral de los colores, donde todo por falso se vuelve sincero, donde se distingue la luz más intensa que alumbra la salida por simple contraste con la absoluta oscuridad. Una noche cerrada, profunda, en la que habita la franqueza. Luces y sombras; negros, blancos y miles de matices de un gris tan auténtico como los retorcidos caminos de la existencia. Acércate y mira en el interior de los árboles. Encuentra a la niña (o al niño) en cuanto puedas. Acércate y mira en la oscuridad. Solo sigue tus ojos y aunque intuyas que ellos nunca estuvieron allí y que no es más que otra alucinación que se repite, déjate llevar. A fin de cuentas, la única diferencia entre el sueño y la pesadilla… es el final. And again, and again, and again, and again, and again, and again…



Instalado definitivamente en la locura, para el nuevo dígito que comienza en apenas unas horas, mantengo la firme voluntad de cometer errores nuevos, de seguir persiguiendo mis sueños adolescentes y de continuar martirizando su paciencia con rollos como este. Desde que alcancé la convicción de que rellenar papeles es el medio más seguro de separar lo que somos de lo que pensamos, y a la vez de evitar que lo segundo nos cause daño; no se me puede dejar suelto ante un teclado. Un montón palabras para fabricar un balance y decirles sin más que les deseo un feliz año. Como siempre... con salud y en libertad.


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Paul Winter. Solsticio de invierno. #VDLN 139.

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Desde el respeto no correspondido a cualquier creencia, nunca comprenderé el vicio de la cristiandad por colonizarlo todo. Parece como si a su determinismo fatalista le molestara lo natural, el más leve festejo que no incluya la voluntaria intervención divina. Si el cometa Swift-Tuttle decide descargar sus restos sobre la Tierra, se inventan las lágrimas de San Lorenzo; si los pueblos ibéricos celebraron desde siempre la recolección del cereal, te enchufan la Virgen de agosto; y si conmemoraban el fin de la temporada de cosechas, allá que va el Día de todos los santos y a correr. Cualquier excusa resulta válida para impedir que la gente goce sin misas de los obsequios de la naturaleza. De solsticios mejor no hablamos. El de verano lo reservan a San Juan que para eso se supone que bautizó al jefe; en el de invierno echan la casa por la ventana y sitúan en Belén el nacimiento del Mesías, allá en un lejano veinticuatro de diciembre. La Iglesia, católica o protestante que a esos efectos se vuelve indiferente, a lo suyo, ni media verdad.

Foto: Rafa Hernández

Transmitida por estricta linea materna – solo se consideraba judíos a los paridos por madre de tal etnia – la tradición hebrea imponía la obligatoriedad de “apellidar” al recién nacido, bien con el nombre del padre o, lo más frecuente, con el del lugar del alumbramiento. Si al hijo de Dios se le conociera como Jesús de José cabría la duda, pero denominándose “de Nazaret”, pueden hallarse seguros de que no llegó al mundo en la célebre ciudad cisjordana. Curioso o tal vez profético, que uno de los símbolos del cristianismo pasara a la historia por lo que nunca fue. La causa última hemos de atribuirla al afán Vaticano por el cumplimiento del pronóstico bíblico, según el cual el Mesías debía pertenecer a la estirpe de David, originario de la bonita localidad del portal. Razones suficientes para que la ortodoxia sionista siga aún a la espera del ansiado Salvador. La fecha tampoco es cierta, se trata de una simple usurpación de los festejos romanos en honor al Dios Sol, una especie de fiesta nacional que se conmemoraba justo en ese día. Pese a su explícito apoyo a corrientes políticas que la consagran como bien supremo, se ve que a la Iglesia nunca le agradó mucho la competencia.

No me extiendo, no es ni el tiempo ni el momento, pero dejemos claro que el judío Jesús nació sin pesebre, sin los cantos celestiales de ángeles anunciadores, sin la persecución de un tal Herodes y sin la adoración de unos magos que de paso, jamás ejercieron de reyes. Lo mismo también eran los padres.



En fin que cada cual se crea lo que quiera sin imponer al prójimo sus costumbres, que cada un@ festeje o no los cuentos de hadas que le apetezca, pero evitemos convertirlos en la consagración del consumo como becerro de oro de nuestra sociedad y tampoco olvidemos extender los bellos propósitos fraternales al resto del año, si no de poco sirven.

Con el tema compuesto para la ocasión por Paul Winter, uno de mis músicos de cabecera, les deseo con retraso un feliz solsticio de invierno. El tiempo de las sombras más intensas, ese punto de inflexión que desde la oscuridad más profunda anuncia, con el imperceptible inicio de los días crecientes, la futura llegada de una nueva primavera. Esperemos que esta vez nos salga buena. Lo dicho, feliz lo que quieran. Salud y libertad.

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Dominique A. El coraje de las aves. #VDLN 138.

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Peatonal o con cucarachas de acero, la imagen del infierno se representa en estas fechas en forma de paseo por la Gran Vía madrileña. Ruidos hirientes, luces que apuñalan, empujones, gritos… Miles de seres caminando apresurados sin otro destino que los atestados pasillos de unos grandes almacenes. No hay lugar en el mundo en el que uno alcance a sentirse más solo que entre el frenético bullicio de una gran ciudad en plena campaña navideña. Nunca tanta gente significó tan poco. El peso de un tiempo hostil te aprisiona contra el empedrado de las aceras, recluyéndote en un vacío cruel, absoluto, temeroso. Todos sobran porque todos faltan. Felicidades obligatorias, risas forzadas, alegrías por decreto del almanaque. El cercano cumpleaños de quien expulsó a los mercaderes del templo, convertido en irremplazable aditivo para una esclavista cadena de consumo. Loterías, El Corte Inglés o ese monumento a la existencia low cost que rotulan como Primark. Aparcamientos repletos, paisajes urbanos que no dicen nada, por su identidad con cualquier otro, de cualquier lugar, a cualquier hora de la noche o la mañana.


No hay hueco para la pausa, todos se ignoran olvidando su condición animal, mientras esquivan al pobre indigente que sobre el suelo se cubre con una manta. Dónde quedó el instinto primitivo que sugiere oler, lamer o tocar a los de nuestra misma especie. Algo habrá hecho, parecen suponer a la pasiva espera de que otro lo remedie. Qué venga Cáritas, y así transformamos en chantaje celestial lo que debiera exigirse como justicia humana. Qué alguien haga algo, pero quién, si aquí se exterminó la vida. La vieja trampa, ignorar lo próximo con la justificación de lo remoto; desatender al individuo en su unidad con la excusa de la categoría genérica. Cuánto mola defender los derechos humanos, siempre que pillen lejos y no salpiquen mucho nuestra impoluta ropa de gente guapa. Venga va, una exposición, un manifiesto, un informe técnico o tal vez un viaje a Estrasburgo para que la Unión Europea de Mercaderes Sin Escrúpulos emita una inútil declaración de voluntades falsas. Qué solidarios, qué alternativos y qué repleto el ego por aquello de sentirnos ajenos a la masa. Cómo si el pensamiento humano hubiera concebido mayor vulgaridad que la memez extrema de creerse diferente.

Del PP, del PSOE, de Ciudadanos, de Podemos, del PNV, de ERC o del PACMA, que más da. Todos se imaginan distintos, cuando todos se comportan iguales. Todos conservan su hueco en esta farsa. Todos aspiran a más. Ellos solo luchan por un poder que una vez alcanzado los convertirá en ideńticos a los que les predecedieron, en virtud de esas razones sin razón que se dicen de Estado.

Ya en la plaza de Callao, arboles sin pájaros, calles sin gatos, hombres y mujeres carentes de alma, a la captura de cualquier cosa que admita precio. Como diría Sabina, ruido, mucho ruido y... poco más.

Foto: Rafa Hernández
En pleno tránsito hacia la calle de la Luna, una voz amiga me devuelve a lo terreno:

– Alegra esa cara hombre, que ya casi es Navidad.

Sin alcanzar a conocer la causa, aterriza en mi mente un precioso himno de Dominique A, una especie de una oración laica, convertida en pieza de culto de mi fonoteca particular: Rendez-nous la lumière. Sí, devuélvenos la luz, devuélvenos la belleza del instante. Que el mundo era precioso hasta que lo arrasamos. Tanto si la madre se halla en lo cierto y existe algún Dios, como si triunfa mi enfermiza incredulidad ante casi todo lo que no pueda demostrarse con la lógica de las matemáticas, seas lo que seas, devuélvenos la luz.

Vemos autopistas, hangares, mercados;
grandes señales rojas y estacionamientos atestados.
Vemos paisajes que no expresan nada,
que todos se parecen y que no tienen fin.

Devuélvenos la luz, devuélvenos la belleza.
El mundo era muy bello y lo arrasamos.
Devuélvenos la luz, devuélvenos la belleza.
El mundo era muy bello y lo arrasamos.

Vemos rayos llenos de bestias congeladas,
los temores listos para masticar con nuestros dientes ensangrentados.
Vemos la escritura blanca de apilados años.
Cada día es domingo, cada día se cierra.

Devuélvenos la luz, devuélvenos la belleza.
El mundo era muy bello y lo arrasamos.
Devuélvenos la luz, devuélvenos la belleza.
El mundo era muy bello y lo arrasamos.

Saboreamos la mentira piadosa de los cielos reglamentados.
Tantas vidas sacrificadas por el cristal que roe.
Vemos humos altos, nubes endemoniadas.
Lluvias anaranjadas y malvas que dan besos horribles.

Devuélvenos la luz, devuélvenos la belleza.
El mundo era muy bello y lo arrasamos.
Devuélvenos la luz, devuélvenos la belleza.
El mundo era muy bello y lo arrasamos.



Esta historia termina mal, seguro. Espalda contra espalda, hasta que ya no somos capaces de encontrarnos. Yo no daría mucho por nuestra piel. Salvo que adquiramos el coraje de los pájaros (Le courage des oiseaux), diminutos, débiles, pero desafiantes con su cántico ante el viento helado…

¡Dios, que esta historia termina mal!
Nunca imaginamos lo fácil
que una historia puede terminar tan mal
cuando comienza tan bien.
Sin embargo es fácil de imaginar.
Vemos un día las razones para amar,
perdidas en alguna parte en el tiempo.
Mil tristezas emanan de momento.
Entonces, quién sabe lo que nos pasa en la cabeza.
Puede ser que nos acabemos cansando.
Si solo tuviéramos el coraje de las aves
que cantan en el viento helado…

Giramos espalda contra espalda
hasta que en el silencio ya no nos vemos.
Si este es el modo en que continuamos
yo no daría mucho por nuestra piel.
Entonces, quién sabe lo que nos pasa en la cabeza.
Puede ser que nos acabemos cansando.
Si solo tuviéramos el coraje de las aves
que cantan en el viento helado...



Coincido con quienes opinan que en francés hasta el rock suena a chanson. Lo ratifican los temas que hoy les obsequio. Para l@s que no conozcan a este músico de Provins que hace poco publicó una excelente novela (Regresar, Alpha Decay, 2013); les dejo un corte que grabó junto a Yann Tiersen. Igual así lo reconocen. Toda una rareza en el adalid de los textos en la lengua de Astérix, frente a la colonización cultural anglófila. Como siempre el arte se transforma en el último refugio de l@s que no cabemos, en el medio más seguro de aislarse del mundo, así como de penetrar en él que diría Goethe. Un oasis entre la suciedad maloliente de tanta basura acumulada.



Uff. Lo que da de sí el paseo de un alma herida por el centro de Madrid. Disculpen la extensión y las molestias. Espero que al menos les guste la banda sonora. Feliz #VDLN, feliz semana. Aunque a veces cueste... salud y libertad.

PDT: lamento si las traducciones no son del todo exactas, solo llevo unos meses estudiando francés en plan autodidacta (el idioma, obviamente) y así de oreja no resulta sencillo para un novato. Ni que decir tiene que quedo abierto a cualquier corrección que asumiré agradecido.

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Cincuenta y cuatro. #VDLN 137

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Foto: Autoretrato (Rafa Hernández)
Coincido con Bernard Shaw, solo un loco (o una loca) celebra su aniversario. Al estilo de cierto personaje de Lewis Carroll, siempre preferí los no-cumpleaños; abundan más, se alejan de lo vulgar y además no precisan de causa distinta al simple hecho de despertarnos vivos. Las felicitaciones propias de la ocasión las percibo un poco al estilo de “los días mundiales de”; lejos de centrarnos en lo que debiera, se convierten en excusa para ignorarlo el resto del calendario. Después de muchas lunas en huelga de celebraciones y tras una compleja vuelta al sol, en 2.016 volveré a festejarlo. No porque considere mi nacimiento una feliz noticia para la humanidad (ni siquiera la valoro como positiva para mi historia insignificante), o porque la edad venza y al fin me rinda a las absurdas convenciones sociales. En las últimas trescientas sesenta y cinco noches transité por momentos en los que de veras creí que no llegaba; que pese a reconocerme con cierta práctica en el adverso oficio de circular por carreteras sinuosas, en alguna de estas curvas mi existencia decidiría echar el cierre por agotamiento del negocio.

Este nueve de diciembre comeré con los padres bajo un aroma festivo y, si sus trabajos lo permiten, quizá también con alguno de los herederos. Aunque el dulce me desagrada, igual hasta me animo y la emprendo con algo de tarta. Por supuesto vegana, que hasta los excesos alcanzan un límite. Ya por la tarde me vestiré de perroflauta elegante y marcharé a cualquier antro de Lavapiés, a disfrutar con una representación de quienes me quieren sin precisar para ello del sometimiento a la dictadura de la genética. La ocasión lo merece. Pese a la salud, la mala; pese a un ambiente colectivo que da náuseas; y sobre todo, pese a mí mismo; seguimos vivos y… con ganas.



Como suele decir José María de laparejitadegolpe, cortito y al pie. Nada de rollos existenciales, ni de opiniones más o menos disparatadas sobre aquello que de modo autónomo decide revolotear la cabeza. Me permito un descanso en la utopía y, en agradecimiento por seguir ahí y hasta leerme un rato si el estrés hace una pausa, les regalo las músicas que escucho de modo habitual, cuando me abandono al abrazo de un amable sofá en ese trozo de aire al que denominamos casa.



Las hay para todas las situaciones. Con los viejos The Residents sigo compartiendo esos trozos de oscuridad que a veces vienen; Juan María Solare, un argentino “de clásica” que merece la condición de universal, sirve para los instantes de pausa; cuando me siento creativo, conecto con la imaginación contemporánea de Erik Mongrain, un tipo inclasificable que ha sublimado el tapping a dos manos sobre una acústica, hasta convertirlo en pura obra de arte; pero cuando corresponde salir de fiesta prefiero la compañía de Grace Potter, un huracán de mujer capaz de elevar el alma. Con algún esporádico viaje hacia la nostalgia, ya no consumo mis horas escuchando a los Clash o a los Ramones. Todo tiene su momento, todo se pasa. Y aunque siga adorando a Slipknot o venza el pánico a volar por encontrarme con los locos armenios de System of a Down, tampoco estamos para muchas cañas. Serán los cincuenta y cuatro que recién nacidos ya empiezan a cobrarse la factura. 



¿Y el futuro? Ni lo intuyo, ni me preocupa. El criterio de la derivada de mayor orden, aplicado a esa función continua que llamamos vida, descubre la presencia de un punto de inflexión cuya concavidad no me perturba. Si algo he aprendido en más de medio siglo de vagar sin destino por la Tierra, es a comprender el presente como única certeza conocida. Y el mío, en este instante, se escribe sobre tres citas:

Repudio todo pensamiento sistemático porque todo sistema conduce necesariamente a la trampa (Jorge Luis Borges).

No hay normas, todos los hombres (mejor seres) son excepciones a una regla que no existe (Fernando Pessoa).

La felicidad es darse cuenta que nada es demasiado importante (Antonio Gala).



Buff. Al final entre músicas y letras me quedó un patada al espacio de casi cuarenta metros. Mi estilo. Pese a un físico poco favorable, siempre me agradó más jugar a la vida con balones ovalados de imprevisible bote que el aburrimiento táctico del fútbol. Espero sepan disculparme.

Feliz #VDLN, feliz fin de una de esas semanas absurdas que nos gastamos en España. A disfrutarlo en cuanto se deje con salud y en libertad.




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Robe Iniesta. Hoy renuncio al mundo. #VDLN 136

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Qué poco me agrada diciembre. Lo del frío se arregla con un buen abrigo, pero así de entrada, ya te encuentras de bruces con el puente. Aún perdura el agobio de cuando esquiaba. A todas horas pegado a la pantalla a ver si algún pitoniso profetizaba nieve. Que sí, que sí, que Benasque o el Valle de Arán son en cualquier época una gozada, pero a ver que coño hacías lloviendo a tres grados y con las tablas en el coche. Sabiendo mirar, todo alcanza un perfil positivo, hasta la mala salud que llegó para liberarme de tales estreses. Aunque resultó inocua ante el más terrible de los sucesos, a quién se le ocurre nacer el día nueve. Según la madre a las doce en punto, en medio de una nevada, y en un lugar donde cada copo se convierte en letra de primera página. Todo un presagio de los siguientes cincuenta y cuatro años y... de los que queden. Desde que aterricé en este mundo y como diría mi admirado Enrique Bunbury: cabeza de calabaza en martes de carnaval.

Foto: Claudio Álvarez (El País)
Luego los festejos de empresa en los que toca poner buen rostro y soltar un par de chorradas, como si cada cual no cenara tan a gusto en su casa o, en su defecto, donde y con quien se deje. Festín a festín ejerciendo de exótico: “a ver que le ponemos a este”. Todavía recuerdo los comentarios del camarero en una de las últimas:

– ¿Quién es el raro?

Menuda cara se le quedó al tipo cuando se enteró que  era "el raro" quien traía los billetes.

– No se lo tome a mal. Pero si no le doy ni carne, ni pescado, ni huevos, ni leche, a ver que come.

Termino de espárragos de granja o de parrilladas vegetales hasta los mismos. Ya he desistido de pedir revuelto de ajetes sin revuelto o de consultar si las croquetas de boletus las pueden preparar sin leche. Defraudo al público cuando me apunto al café. Por razones que se me escapan, todos esperan que exija una menta-poleo o algún brebaje extraño.

– Que no, que no. Que a mi las hierbas me gustan de cualquier manera, menos en infusión.

Luego de cabeza al buenrollismo propio de las fechas. Hasta un señor con bigote que no conoces de nada, va y se explaya:

– Bueno pues si no nos vemos, que paséis unas felices fiestas y que el año nuevo os colme de parabienes.

A ver caballero, lo más probable es que no volvamos a encontrarnos, con ese principio no me quedan muchas ganas. Y además yo vivo más o menos solo. Como no se refiera a los gatos, animales lo bastante inteligentes como para pasar de estas moñadas, no termino de comprender el plural.



La Nochebuena... épica. Desde que mis hijos se independizaron ejerzo de segundo más joven de la fiesta. Un planazo y una desmedida juerga. Sobre todo si, como en mi familia, los machos suelen nacer ya con la próstata avisando y las hembras premenopáusicas. Un banquete inmenso para un puñado de abuelos que no comen nada y para este pobre hombre que solo prueba el verde. El momento cumbre se alcanza cuando, por alguna de esas confabulaciones interestelares, coinciden dos hechos que singularmente me desagradan. No sé distinguir qué me da más rabia, si que me mandan callar por culpa de la tele o tragarme a las bravas el mensaje navideño de su majestad. Porque te lo tragas. Con cuatro o cinco sordos alrededor de la mesa, te lo tragas aunque finjas llamada inoportuna y salgas un rato a pasear por el jardín.

A medida que las botellas bajan, entramos en materia. Ya es mala suerte reconocerte ateo y anti-militarista en un clan donde se considera nobleza a clérigos, soldados y a todo aquello que huela a gente de orden. Me retrotraen a la Castilla más rancia, con servidora en el papel de garbanzo negro que para eso tiro un poco a ácrata. Sirve para ensayar silencios y para ratificar el propósito de no quedarme amarrado a décadas pasadas. Con los años, uno se ha ido vacunando aunque, por mutación del virus, siempre concluye causando unas décimas de fiebre. Lo más nefasto, las despedidas; eteeeeeernas de modo permanente. Nadie comprenderá lo que significa la desesperación hasta que no observe a mi madre en su salsa. Cómo puede tardarse tanto en los veinte metros que nos separan del coche.



Vaya panorama, no me extraña que de solo pensarlo, mi cabeza se escape hasta lo último del Robe. En cada instante de la vida he sentido como propia su música. Quizá porque somos de la misma edad, porque de jóvenes nos creímos idénticas mentiras, porque fuimos de macarras cuando tocaba y pasamos un tiempo viviendo de las rentas, porque los dos pensamos que lo único cierto es la poesía y lo demás son cuentos, o porque un buen día decidimos quitarnos la careta y dejar de ser esclavos de nuestro propio personaje. En 2016, esos sonidos nos informan de las razones por las que ambos nos percibimos Por encima del bien y del mal, por las que con más frecuencia de la deseada componemos La canción más triste o de que alguien nos remite Cartas desde Gaia. Aunque a mí, la que más me agrada, es la de aquella estrofa que en algún momento dice: “vivo siempre fuera de todas las reglas, mi única bandera son tus bragas negras”. Hoy renuncio al mundo, creo que se llama.



Puede ser que sea que estoy harto de ver lo que quiera que sea lo que vea,
puede ser que esté cansado de mirar y no ver más que anuncios de mierda,
pero hoy al mundo renuncio, juro que hoy al mundo renuncio.
Puede ser que a lo mejor este bajón sea pasajero,
puede ser que la razón me abandonó y ya no la espero,
pero hoy al mundo renuncio, juro que hoy al mundo renuncio.
Yo, a mi manera, he dejado a su lado de todas las reglas.
Que en este tejado la única bandera son sus bragas negras.
Vivo siempre fuera de todas las reglas,
mi única bandera son sus bragas negras,
y veo todo pasar desde fuera.
Pero hoy al mundo renuncio, juro que hoy al mundo renuncio.


En fin que no se me puede dejar suelto. En cuanto dispongo de cinco minutos les martirizo con un rollo que te cagas. Espero lo comprendan y disfruten de Destrozares, lo más nuevo de Roberto Iniesta. Un tipo que dimitió de Extremoduro para ejercer de ExtremoRobe. Sin renegar de lo primero, este me encanta. Como antes comentaba... serán cosas de la edad. Feliz #VDLN, feliz semana. Salud y libertad.

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Cefalea

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Un señor que te recibe
amablemente
con una bata blanca
y una sonrisa seria
de cumplido áspero.
Como si fuera a dispensarte
un cuarto de aspirina
y algún frenadol
para el resfriado.
Un oyente que te oye
pero no te escucha.
Un funcionario.
Un fingidor que finge
comprender unos síntomas
que por lo visto
no caben en los libros.
– No puede ser
lo que me cuentas.
Para concluir afirmando
también amablemente
que en toda enfermedad subyace
un componente psicológico
y que además el enfermo
debe poner algo de su parte.
Que tal vez el dolor
el mío
no sea para tanto
y que no me mantenga
todo el día pendiente.
O sea
que tengo yo la culpa.
– Tu puta madre.
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