Sobre mí

Rafa Hernández. Espíritu libre. Perdedor vocacional. Devoto del Decrecimiento como filosofía. Adoro la montaña, el esquí nórdico, la música, los gatos, las fotos y los buenos poemas. Los malos, también. Grave defecto: soy economista.

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Sueños.

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De niño sueñas
con alcanzar el grado de mayor.
De adolescente
con la profesora de lengua.
De joven
con un descapotable hortera
diez botellas de alcohol
y con alguna tía que esté muy buena.
De menos joven
con dos niños que no den mucha guerra
un trabajo aburrido
y un chalet con charca en las afueras.
Al conquistar la madurez
despiertas.
Solo anhelas algo (o alguien)
con quien huir para siempre de los sueños.
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Boy George. Un paseo por Oxford Street. #VDLN 148

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Los machos propusieron un plan lo bastante poco ilusionante como para que prefiriera permanecer con las damas en Oxford Street. Por causas que nunca he llegado a descifrar del todo, una función continua en mi historia personal. Ocho mujeres, ocho, para mí solo. Las ocho de compras, las ocho recién salidas de la adolescencia y con todo el centro consumista de Londres por delante. Comercios de moda, joyerías, institutos de belleza y hasta souvenirs. Ni la amenaza de sobreprecio por exceso de equipaje se mostraba capaz de contener semejante furia de ilusiones. Al final no cargarían con tanto, no lo recuerdo; se trataba más de ver, de experimentar, de probarse, quizá de aprovechar aquel viaje para regresar diciendo “yo estuve allí”.


– ¿Qué tal me queda? – , comentaba "la mía" de vez en vez como por entretenerme, entendiéndose el posesivo a modo de etiqueta de una relación  y nunca como el ejercicio de un derecho de propiedad que ni consiento sobre mí, ni creo haber ejercido nunca sobre nadie.

– Bien, muy bien, estás preciosa, pero no le echemos la culpa a la ropa.

Rafa y sus eternas paciencias evitativas. Rafa y sus verdades que, según frase reiterada por una buena amiga, de puro amables se confunden con cumplidos de albañil ilustrado. La mala educación, la perpetua obsesión por no causar daño que a veces solo consigue multiplicarlo. Una especie de maldición genética que me perseguirá hasta que la escritura de algún funcionario convierta en nombre escrito sobre el agua, a aquel con el que me bautizaron.

Tras unas cuantas horas de tabaco y esperas interminables, en legítima defensa decidí colarme en una de las hoy extinguidas tiendas de discos. El sueño cumplido de todo aspirante a post-punk que se preciase. Por ese complejo de inferioridad cultural tan propio de esta península, imaginaba el recinto inundado de lps de los Clash, de Siouxie Sioux, de Ramones o hallar allí el último grito de Alan Vega, dedicado personalmente por el autor. Qué decepción. El mejor lugar del escaparate para un tal Julio Iglesias, un gallego madridista y medio facha (no sé que preferir) que hacía furor allá por los primeros ochenta. Lo peor llegó más tarde, cuando uno de sus hijos, Enrique, decidió convertir en bueno al  padre. Ni rastro de The Durruti Column o de los Residents... dos horas de pánico en el avión para toparme de narices con la sección de éxitos de El Corte Inglés. 


Completé la maleta con algo de Tuxedomoon y con una joya de Psicodelic Furs que aún conservo como sintonía para los instantes de bajón. Solo reparé en el hilo musical al escuchar el estribillo de unos por entonces desconocidos Culture Club: “¿de verdad quieres herirme?” Lo asocié de modo inconsciente a la epidemia de decepciones que ya por entonces apuntaba maneras, a las interminables compras y a aquel cantante hortera que se definía mitad truhán, mitad señor. Por supuesto que adquirí el maxisingle; en parte por el encanto de los sonidos característicos de la gente de Boy George; y también como venganza reivindicativa hacia la cruel sonrisa de mi compañera de viaje. Cuando la banda londinense alcanzó el triunfo de masas, de nuevo me sentí culpable; otra constante, otra tragedia aburrida por repetición. Un tonti-culto adicto a las vanguardias que importó de Londres un hit de los cuarenta principales. Ojo a la versión que es fascinante.



Boy George, un tipo con el mérito de sobrevivir a esa fatal coalición de alcohol, depresión y opio que a tantos otros condujo hasta la tumba. Por encima de una estética un tanto llamativa, consigue fusionar como nadie el soul, el rock y el reggae con textos de los que dicen mucho en pocas palabras. En ocasiones reivindicativos, otras explorando los sentimientos humanos hasta hacer cumbre en la fuente de las emociones. Lejos ya del éxito de masas y del virus neorromántico que diseñó en los ochenta junto a Duran-Duran o Spandau Ballet, sigue fabricando buenas canciones. Quizá aún mejores que las de su etapa de juventud. Como este precioso Love & danger, una historia dura sobre un triángulo amoroso complicado por la distinta orientación sexual de los amantes; o como ese reproche irónico tras una ruptura que publicó en 2.013, bajo el título de It's easy





Feliz #VDLN, feliz semana. Gocen de la vida hasta donde se deje con salud y en libertad.

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Kælan mikla. Y los sueños, sueños son. #VDLN 147

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Aunque nunca llegué a distinguir del todo si la reiteración se correspondía con la realidad o con un personaje más de aquel insistente sueño, en mi recuerdo quedó grabada la idea de que se repetía varias veces en una misma noche. Caminaba tranquilo por una especie de desierto. Mucha arena, algo de viento y una luz deslumbrante, incompatible con la fotofobia que ya desde mis primeros años se postulaba como inseparable compañera de viaje. El aire, dentro del blanco y negro habitual en este tipo de episodios, se mostraba de un gris tan intenso que mi cerebro lo traducía de inmediato al tono magenta. No me pregunten cómo, pero las moléculas de oxígeno se distinguían a simple vista y, pese a lo solitario del paisaje, no me transmitía signo alguno de intranquilidad.

Foto: Orange 'Ear
Sin señales previas, todo cambiaba de repente. El cielo se cubría con un raro espectáculo que años más tarde creí identificar como una aurora boreal. Auroras en pleno Sahara, eso sí que es buen sueño, sobre todo para un crío que ni siquiera conocía la existencia de las primeras. Tras la tormenta de polvo levantada al paso del fenómeno, atisbaba en el horizonte algo parecido a un ejército. Sin mostrar síntomas aparentes de agresividad, me provocaban una cierta inquietud. Circulaban en perfecta formación, uniformados y con un rostro tan borroso que impedía distinguir sus facciones. Todos se advertían iguales, absolutamente idénticos.

Tras el primer sobresalto, un terror incontrolable se apoderaba de mi cuerpo. Comenzaba a correr, sin rumbo y sin avanzar. Pese a todos los esfuerzos, las piernas permanecían ancladas al mismo punto del terreno. De golpe, como si algo sobrenatural hubiera acudido en mi rescate, me veía inmerso en un pequeño agujero, muy angosto, pero ampliable, que extendía sus paredes a medida que yo avanzaba en cualquier dirección, manteniendo constante la distancia que me separaba de ellas. Poco a poco recuperaba la serenidad y reconocía aquel espacio en densa penumbra como un hogar seguro. Decenas de gatos, todos negros, me acompañaban. Ni un mal punto iluminado, ni una torpe puerta o cualquier otro dispositivo que comunicara con el resto del universo; al fin me sentía a salvo.



Al rato descubría un minúsculo orificio por el que podía observar el exterior, un poco al modo del periscopio de un submarino. Qué privilegio, contemplarlo todo sin peligro y sin nadie en el entorno que me exigiera una conducta determinada. Los felinos me acariciaban por turnos. Se restregaban contra las piernas y me lamían las orejas (también otras zonas que no es necesario describir con precisión), en un gesto inequívoco de que me reconocían como uno de los suyos. Yo les correspondía en lo referente al aparato auditivo, pero dimitía del resto; a fin de cuentas hasta en sueños me confieso humano y me parecía una marranada eso de chupar culos de gato. No nos hallábamos solos, además de los peludos allí habitaba alguien más, otro ser sin rostro que nunca se expresaba, pero que sin razón conocida, aportaba la calma justa para sentirme en paz. 

Me despertaba al observar por aquella extraña mirilla una bota enorme que ennegrecía la visión. Tras el pisotón, pegaba un par de vueltas en la cama y hacía lo que uno hace cuando se levanta a media noche. A juzgar por el rapapolvo familiar del día siguiente, no debía andar muy fino de puntería. Los mayores lo achacaban al sonambulismo que, según ellos, padecía desde el nacimiento. Al principio me molestaba que nadie reconociera mi estado de plena consciencia; no me creía ni la abuela, el único animal que no interpretaba mis dolores de cabeza como una forma de centrar la atención. Luego descubrí que hasta en aquella hiriente incredulidad, podía hallar algo positivo. Qué placer infringir las normas que obligaban a mearse dentro, sin la incomodidad de que alguien me encontrase responsable de semejante vileza. Una infantil venganza personal: dudáis de mí, me obligáis a lo que aborrezco, pero pagareis limpiando mis orines. Algo que, en otros ámbitos y en sentido estrictamente metafórico, intuyo que sigo practicando de algún modo. Después volvía a dormirme y otra vez a soñar con el sueño…



El episodio me persiguió durante buena parte de la vida; invariable, lento y con tal percepción de realidad que aún recuerdo el exquisito olor a tierra mojada inundando el interior de aquel búnker secreto. Del rito suprimí el asunto de la micción cuando comencé a ser yo el responsable de desinfectar los baños. Nadie es lo bastante estúpido como para vengarse de sí mismo. 

Aunque supongo que un psicoanalista se pondría guarro interpretándolo, nunca alcancé a comprender el significado de aquel sueño obsesivo; ni, pese a la angustia con la que concluía, puedo calificarlo en rigor como pesadilla. Jamás he percibido mayor sensación de calma que al resguardo de mi refugio subterráneo.

Pronto aprendí a practicarlo despierto. Lo buscaba con ansia en todo momento: cuando me aburría como un salmón en el colegio, cuando me obligaban a jugar en compañía de aquellos estúpidos vecinos porque pertenecían a buena familia, o cuando la policía del pensamiento descubría, bajo el cuaderno en el que alargaba hasta el infinito unos deberes escolares que en sí no debían cobrarse más de cinco minutos, mis primeros manuscritos infantiles o los recortes de prensa con las partidas de Bobby Fischer.

Aquel sueño desapareció sin aparentes razones hace ya algún tiempo. Pero siempre mantuve la duda si de veras se esfumó del inconsciente o seguía allí, repitiéndose en cada oscuridad y era yo quien no lo recordaba. Bajo los efectos de unas dosis de antidepresivos en trámite de retirada, retornó hace apenas unos pocos días. La misma arena, idéntico ejército, calcada aurora boreal. Solo una innovación, supongo que a causa de la edad: por fin identifiqué el rostro del ser que me acompañaba. Pero eso, no se lo voy a contar; todos tenemos derecho a guardarnos algún secreto.



En premio a quienes hayan sido capaces de llegar leyendo hasta aquí, les aclaro que la música que se reparte sin orden en esta entrada caótica, se debe a Kælan mikla. La banda sonora ideal para aportar ambiente obsesivo a mi obsesivo sueño. Pertenecen a la nueva ola de ese dark-punk con el que tanto me identifico y nos llegan desde Islandia. La tierra en que mejor pueden observarse auroras boreales en determinadas épocas del año y el lugar elegido para su destierro por el gran Bobby Fischer. Para quienes no conozcan mucho de escaques, quizá el ajedrecista más creativo de la historia; un genio medio judío que terminó renegando hasta de sí mismo. El único ser, real o imaginario, en quien alguna vez reconocí cualidades divinas.

Feliz #VDLN, feliz semana. Disculpen este texto a todas luces desproporcionado. En ocasiones, soy así, un poco el niño de Sexto sentido. Sin demasiada convicción espero que al menos les agraden los temas. Aunque no comprenda una sola palabra (solo los necios precisan entender aquello por lo que se sienten atraído), las líneas de bajo y la voz de Laufey Soffía me vuelven loco (más). En la próxima entrega me comprometo a ejercer de breve. Como siempre, salud y libertad. 

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Huelga general.

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Me declaro en huelga de quienes actúan sin pensar
y de los que a base de profundas reflexiones
omiten siempre transformarlas en hechos.
De cuentos de princesas encantadas
y de encantadoras princesas con mucho cuento.
De los que hablan en plural
y de los machos muy machos
que se vuelven sapos al primer beso.
De doctrinas perfectas
de preciosas ideas imposibles
de partidos y de enteros.
De dulces amargos
de roscones sin premio.

Me declaro en huelga de espinacas cocidas
y de coles de Bruselas por más que las rehoguemos.
De cirugía plástica
de plásticos
de idiotas pontificantes en los medios.
De cadáveres en los platos
de cereales transgénicos.
De medicinas alternativas
o de médicos de familia
que todo lo sanan con ibuprofeno.

Me declaro en huelga de cazadores asesinos
de presas profesionales
de taurópatas confesos.
De quienes ganan
de los que pierden
porque en ganar y en perder
consiste el juego.
De homeópatas de la inteligencia
que piensan que al diluirla
multiplica sus efectos.
De cualquier autoridad
de los malos y hasta de los buenos.

Me declaro en huelga de quienes todo lo dominan
de los carentes de dudas
de los que necesitan tener razón para tener razón.
De los ineptos.
De los que aman matando
y de los que matan queriendo.
De intelectuales
de sindicalistas
de emprendedores y de banqueros.

Me declaro en huelga del Madrid y del Barsa
de Contador
de Nadal
y quizá de algún concierto.
De Semana Santa
de carnavales
del catorce de febrero.

Me declaro en huelga de mí mismo
porque de ti
ya no puedo.


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Caravan Palace. Por pura casualidad. #VDLN 146

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Se nos muere la vida diseñando futuros que nunca alcanzaremos, fabricando esperanzas que se frustrarán sin apenas haberse convertido en proyecto. Por el principio de causalidad inculcado a fuego en nuestra alma desde los credos religiosos, tendemos a imaginar que cuanto nos sucede se corresponde con el maldito binomio premio-castigo, que lo aleatorio no existe o que el león escoge siempre a la presa más débil, ignorantes de que con elevada probabilidad, convirtió en almuerzo a la que por allí transitaba por estrictos deseos del azar. Todo ser se define en sí mismo como la materialización de un imposible estadístico; el simple resultado de un sorteo genético, de la quiniela del tiempo y de la lotería del lugar. En egocéntrico ejercicio, nos imputamos éxitos y fracasos, cuando ni siquiera conocemos el alcance exacto de cada uno de esos términos. Ni somos responsables de desgracias, ni merecemos la felicidad cuando a veces se presenta de improviso. Con los años, terminamos por comprender que el único secreto de nuestra existencia se halla en pensar mucho menos y... en vivir mucho más; en tomar lo que nos llegue sin esperar respuestas; en hacer lo que apetece y olvidarnos de lo que conviene, sin formularnos preguntas que nadie sabrá contestar.



Pues así, de modo casual – como conocimos a quienes conocemos y como olvidamos a quienes no resultan sencillos de olvidar –, me encontré hace unos años con Caravan Palace, una banda francesa de electro-swing que capitaneada por la vocalista Zoé Colotis, empezó su andadura en esto de la música allá por el París de 2.012. No son mi estilo, hasta por estrictas razones de edad ni siquiera hacemos buena pareja. Pero coincidimos, nos gustamos y aunque algún tema de su repertorio no termine de entusiasmarme, nadie es perfecto... A disfrutar. Como la vida misma.



El tiempo, nuestro dueño, no da para más. Confío en que los franceses resulten de su agrado. Feliz #VDLN, con salud y en libertad.

Otros temas de Caravan Palace:
Clash
Jolie Coquine
Brotherswing

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Zucchero. Porque la vida puede ser maravillosa. #VDLN 145

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Hay horas, meses, momentos, en los que desearía haber nacido un monstruo de diez cabezas para poder pensarlo todo; una criatura con ochenta brazos, para apartar de mí tanto y tan feo. Hay ocasiones en que te percibes diminuto ante un mundo que parece agredirte sin remedio. Títeres que se creen actores, domadores de la estupidez o equilibristas de la mentira, que saltan a la arena circense convencidos de que la injusticia deja de serlo cuando se oculta tras un muro. Bufones de la ignorancia que valoran más a quien más tiene. Verdugos que se dicen víctimas, cuando son ellos los que agreden. Nuestro tiempo de los mercaderes pasará a la historia como aquel en el que la especie humana, pudiendo escoger la vida, eligió la muerte. Una era de prisas sin rumbo, de crecimientos que empequeñecen; de trabajar hasta enfermar para pagar las medicinas con las que sanarnos de los males que nosotros mismos provocamos. El perfecto círculo del absurdo.


Quién me mandará meterme en estos charcos, cuando quizá lo prudente sea alejarse de la suciedad y evitar que salpique. Bien que me arrepiento a veces, pero es que entre esos tipos y yo, siempre hubo algo personal.



Y en mitad de esa divagación, recuerdas un gesto, una charla, una ilusión que nace y que crece, o quizá una caricia telemática. Tomas el teléfono y a eso de las dos de la mañana escribes esto en tu perfil de facebook. Sin razón, como quien obsequia al mar, una botella con mensaje:

“Es cierto que este mundo nuestro asquea en casi todos sus segundos. El pasado solo es un recuerdo, el presente pura maldad y el futuro aterra. Pero se viven gentes, almas, instantes, en los que todo lo feo se desvanece y el tiempo parece detenerse. Después vendrá lo que venga, pero de momento, que nos quiten lo bailao.”

Más allá de no sé cuántos “me gusta”, sientes que ya has visto todas las películas y que a veces la copia puede mejorar al original; como en esta versión del maestro Zucchero, sobre un clásico de Black. Porque pese a ellos, los otros, que como en la peli de Amenábar creen hallarse vivos cuando en realidad están muertos, la vida puede ser maravillosa… Bailemos.

Aquí voy, a la mar otra vez
el sol cubre mi cabello
y los sueños están en el aire
gaviotas en el cielo
y en mis ojos tristes
sabes que no se siente bien,
hay magia en todas partes.

Mírame a mi sigo aquí solo de nuevo
firme en el brillo del sol

no necesito correr, ni ocultarme
es una maravillosa, maravillosa vida
no necesito reír, ni llorar
es una maravillosa, maravillosa vida

El sol está en tus ojos
el calor en tu pelo
parecen odiarte por estar ahí

y necesito un amigo ohh
necesito un amigo
que me haga feliz
y no sentirme tan solo.



Feliz #VDLN, feliz semana. Hoy sin tiempo, sin ganas, abandonado por las musas, y bajo la convicción de que nadie, ni siquiera yo, comprenderá una sola letra del texto… salud y libertad.

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La caza. Cuando la muerte tiene un precio.

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Qué ocurrente se muestra a veces el destino. Por otro de esos designios que cuesta descifrar, hace casi coincidir en el tiempo dos hechos que constituyen tesis y antítesis en una sola oración gramatical. De una parte el asesinato en Lleida, hace unos días, de dos guardas forestales bajo los disparos de un psicópata con rifle. A quién se le ocurre intentar impedir a un tipo así matar donde y como le salga de los genitales. De otra, ayer mismo se publicaba en prensa que un grupo armado que responde al acrónimo de ONC (OBservatorio Nacional de Caza o algo parecido), insta a la fiscalía a perseguir los – en su criterio – continuos ataques sufridos por sus socios a través de las redes sociales. Hacen bien. Menudo peligro. Se cuentan por cientos los cadáveres que alcanzaron esa indeseable condición a golpe de teclado.



Más allá de lo absurdo, ridículo y falaz del eslogan reivindicativo, nos muestra uno de los rasgos dominantes en esta sociedad de la hipocresía. Quienes de natural practican la violencia, intentan transformarse en víctimas cuando fracasa su primera estrategia, pasando a desarrollar comportamientos pasivos-agresivos de libro de texto de primero de psicología. ¿Ejemplos? Decenas. Taurópatas que aplauden el apaleamiento de quien protesta en Las Ventas contra un festejo y luego se echan las manos a la nuca por un desafortunado mensaje de un profe de Valencia. Tordesillanos equipados con lanza y garrote que, en el nombre de la libertad, reclaman su derecho a torturar un ser vivo y dicen sentirse atemorizados ante doscientos activistas, sin otro ajuar de combate que un buen puñado de gritos.

El fenómeno se extiende más allá de ese ámbito. En lo político qué partido, dirigente o creyente de base no se considera víctima de alguna conspiración interestelar, orquestada por extraños intereses ocultos contra los de su secta. Basta con que contradigas un argumento o no adores lo suficiente a su todopoderoso líder, para que te incluyan sin escalas en el enemigo, convirtiéndote en responsable único de cualquier catástrofe. En lo personal, quién no ha coincidido con un amigo, pareja o simple compañero de trabajo que tras obsequiarte una buena ración de gritos y acusarte de no se cuantos males, se transforma en inocente víctima a base de burdas memeces. Me has hecho daño; yo es que nací muy débil, la vida me trató fatal y preciso de cuidados especiales... Como si a las demás nos hubieran llevado a hombros por la puerta grande. La cagaste si no los reconoces el único ser único sobre la faz de la Tierra y con la misma facilidad con la que un esputo regresa al rostro de quien ose lanzarlo contra el viento, te ves aprobando con primeros números las oposiciones al honorable cuerpo de culpables vocacionales...

Por fortuna los hechos son los hechos. Y nos comunican que quienes salen de casa con el insano deseo de matar por placer, son los cazadores; que quienes portan armas y por tanto pueden usarlas contra cualquier ser susceptible de convertirse en presa, son los cazadores; que quienes impiden al resto un simple paseo campestre o una agradable cabalgada en bici, son los cazadores; y que también fueron ellos quienes destruyeron buena parte del patrimonio viviente, a base de introducir especies invasoras, de exterminar las autóctonas y de colocar en el umbral de la extinción a todo animal que por puro instinto les haga la competencia. Y encima nos someten al martirio inquisidor de soportar argumentos insostenibles ante la razón. Nadie ama más al galgo que el galguero, por eso lo maltratan; nadie quiere más al toro que el torero, por eso lo torturan hasta la agonía; nadie ama más al ciervo que el montero, por eso lo disparan. Por dios, que por mí no sienta nadie semejante afecto.

Como en la peli de Sergio Leone, la muerte tiene un precio, el que pagan por sus puestos. Las leyes pueden escribirse con cualquier letra, pero en el invariable derecho de la Gaia, ellos son el peligro, la multinacional con mayor cuota de penetración en el repugnante mercado de la sangre.  A estas alturas, todas sabemos que la historia de caperucita, la del lobo malo y el cazador bueno, no es más que un cuento.
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Fleetwood Mac. Tango in the Night. Cosas de brujas. #VDLN 144

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Entre las múltiples rarezas que asumo sin bochorno, se encuentra la de coleccionar canciones perdidas en el fondo de armario de mi amada fonoteca. Temas proscritos por el público, por la crítica y a veces hasta por los propios autores que reniegan de recrearlos en el mágico aquelarre de un directo. Pero que por esas desconocidas razones de la sensibilidad individual, o tal vez por mi enfermiza adicción a la minoría, me llegan más, mucho más, que los considerados como grandes éxitos. Se asoman a la maltrecha cabeza decenas de ejemplos: el Washington Bullets de los Clash, el Haters de Fischer Z… o aquel Tango in the night de Fleetwood Mac.


Publicado en 1.987, una vuelta al sol que nunca alcanzaré a borrar de la memoria, regaló el título a un trabajo del que fue quizá la pieza más desconocida. Entre hits como Big Love, Seven Wonders, Everywhere, Little Lies o Isn't Midnight no me siento capaz de identificar los motivos por los que tanto emociona. Tal vez porque como buen noctámbulo gusto de danzar en la noche o igual porque en algún momento de mi recorrido por la Tierra, dejé con alguien demasiados tangos pendientes de bailar...

Escuchar el viento sobre el agua.
Escuchar las olas en la orilla.
Tratar de dormir, el sueño no vendrá.
Justo cuando comienzo a desvanecerme.

Luego recuerdo...
que cuando la luna estaba llena y brillante
te tomaría en la oscuridad
y haríamos el tango en la noche.
Tango…

Guarda el sueño en el bolsillo
nunca dejes que se desvanezca.
Dentro, fuera
no existe la soledad en ese sueño.

Luego recuerdo...
que cuando la luna estaba llena y brillante
te tomaría en la oscuridad
y haríamos el tango en la noche.
Tango…



Mi apasionada relación con la banda de Mike Fleetwood y John McVie subsiste desde la adolescencia. No solo por las múltiples cualidades artísticas que les reconozco, tampoco por su longevidad en la cima. Tiene más que ver con la irresistible atracción que sentí desde crío hacia una de sus vocalistas. Mi padre enfermaba cada vez que en aquel cuarto de catorce o quince años, coincidía con el póster de Stevie Nicks. Lo situé en el centro de la pared, frente a la cama. Justo debajo de un crucifijo de la abuela que no había dios que quitara, y casi a la misma altura que los de Soiuxie Sioux y el ídolo Strummer.

Antes de emprender mi personal batalla contra la vigilia, cada fin de jornada me recreaba en su rostro pálido, contrastado con una vestimenta invariablemente negra y aquellos seductores sombreros del mismo tono, imposibles para la época. Me hechizaban sobre todo sus ojos, pequeños, castaños, tristes, pero de una mirada capaz de transformar en edén las pesadillas propias de un aprendiz de humano. Justo antes de rendirme al sueño, recordaba esa voz rasgada que parecía no corresponderle. Estudiaba todo lo que sobre ella caía en mis manos. Así conocí que la proximidad a la Wicca, tan confirmada como nunca del todo reconocida, provenía de su madre, aficionada a las historias fantásticas; y la inclinación a la música, de un abuelo que en su tiempo sobrevivió como intérprete de country. También aprendí que junto a su pareja de entonces, el guitarrista Lindsey Buckingham (un maestro del fingerpicking), componía buena parte de los temas más exitosos.

Nunca he descifrado del todo el enigma de semejante admiración hacia la Nicks. Mi natural tendencia hacia lo sencillo lleva a concluir que todo se debe a que, en ese momento en que la niñez se despedía para abrazar la adolescencia, la escuché contar así, la historia humanizada de una diosa de la mitología galesa llamada Rhiannon.



Y en esto andábamos cuando, tras la puerta, aparecía mi padre en plan policía del pensamiento:

– Hijo, quítate esos chismes de las orejas y a dormir. Esto es preocupante. Lo del tío de la cresta y la señora de los ojos morados, lo medio entiendo, cosas de la edad. Pero cómo te podrá gustar la bruja pánfila de la pandereta.

Pues sí papá, me encantaba. Ya sabes que desde siempre me tiraron mucho las meigas...

A estas alturas quizá se pregunten por qué la banda lleva el apellido del baterísta, cuando ni compone, ni aporta la voz, ni contribuye de modo especial a la imagen colectiva. Igual al escuchar el corte que sigue a partir del minuto dos y medio, salen de dudas.



Lo dicho, Fleetwood Mac, Tango in the night. Espero que resulten de su agrado y que, pese a los años y los achaques, aún nos quede algún tango por bailar.

Feliz #VDLN, feliz semana. Como siempre, con salud y en libertad.

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