Sobre mí

Rafa Hernández. Espíritu libre. Perdedor vocacional. Devoto del Decrecimiento como filosofía. Adoro la montaña, el esquí nórdico, la música, los gatos, las fotos y los buenos poemas. Los malos, también. Grave defecto: soy economista.

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Mira Awad. Bahlawan (Equilibrista). Amores inexplicables (VIII). #VDLN 122

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Sahar, leona en hebreo, no encontró mejor modo de introducirme entre los suyos:

– Mi amigo es escritor y ha venido hasta aquí en busca de la inspiración que dice faltarle en occidente. Él ha sido muy gentil conmigo en su país. Es mi invitado, quiero que sea bienvenido y que reciba la hospitalidad que nos distingue como pueblo. Shalom Abbá  una expresión común, algo parecido a "en paz padre", un saludo, quizá una solicitud de calma –, pertenece a los nuestros. 

Aunque no interpreté muy bien su última frase, cualquiera preguntaba en el refugio doméstico de un alto cargo del ejército, custodiado por unidades de élite de la policía militar. Me limité a asentir con una sonrisa, la que todas practicamos cuando nos domina la ignorancia. A ratos me percibí observado, como un pobre perro de concurso, mientras los jueces examinan si su físico corresponde al pedigrí que anuncian los documentos. Según comentó ya en privado la amiga, con un gesto tan dulce que no fui capaz de traducir, los suyos se tranquilizaron al apreciar en mi rostro indubitados rasgos semitas. Nunca pensé que aquella fractura de tabique nasal, consecuencia de la juvenil afición a las artes marciales, junto a los ojos que transmite mi genética por estricta linea materna, adquirieran semejante relevancia.


No me agradó Tel-Avic. Una urbe moderna, más bien fea, repleta de repulsivos signos de desarrollo capitalista. Como Madrid o Barcelona, pero sin clase y dividida en barrios, según la etnia dominante. En unos los ortodoxos, en otros los de origen eslavo y así hasta completar un rompecabezas en el que al final cabe todo, aunque se mire peor lo árabe.

Me cautivó Haifa. Pequeña, histórica, culta, acogedora y, pese a albergar entre sus muros una central nuclear, respirando esa paz interior, ese shalom, que en la zona (y tal vez también en nuestras vidas) tanto se escatima. No me extraña que mi admirada Viviane Nathan la escogiera como retiro temporal. Un oasis semisdestruido tras la última guerra (los musulmanes también disparan), a quince kilómetros de la impermeable frontera libanesa y a no más de treinta hacia el oeste de las montañas del Golán. Me sorprendió la cantidad de matrimonios mixtos entre árabe y hebre@ que convivían sin traumas sobre sus angostas callejuelas, las consecuencias de un agnosticismo que poco a poco se abre paso entre tanto dios. Ningún parecido con esa realidad interesada que desde el integrismo de ambos bandos se nos transmite.

Fue en los majestruosos jardines de Monte Carmelo, el centro mundial de la religión Bahaí, donde coincidí con Dana Marcovich, una poeta muy joven cuya obra me fascina. No se trataba de un encuentro casual; por alguna razón que se me escapa, mi anfitriona interpretó que aquella cita a ciegas con la excusa del verso, cumpliría con el extraño privilegio de satisfacer a las dos partes. Por la mía lo confirmo, por la suya ... no pareció disgustada. Quedé convulso ante su definición de poema:

Esto es lo que pasa
cuando permiten que la niña
dibuje en un cuaderno con renglones
(Dana Marcovich)

Conste que lo de la niña lo escribió ella y además se torna la aspiración última de todo diseñador de estrofas, no salga alguien, aún afectado por el virus olímpico, y me acuse de infantilizarla por su condición femenina. Al atardecer, tras una agradable cena en el puerto pesquero que adorna la zona vieja, Sahar me habló por vez primera de Mira Awad:

– Te empiezo a conocer Rafael – que así me llama, con idéntico tono con el que lo hacía mi abuela –. Escucha, te va a gustar. En cierto modo, tú también eres un Bahlawan.

Camino sobre la cuerda floja
con los brazos extendidos
sin garantías, ni red de seguridad.
Una equilibrista.
una equilibrista sin red de seguridad.
Estoy suspendida entre el cielo y la tierra,
sopla un viento intenso,
un paso tras otro, mantengo el equilibrio.
Si cometo cualquier incorrección,
cualquier pequeño error, vuelo, 
vuelo.
Yo viví siempre así, siempre en el alambre
Tu siempre asustado, tal vez paralizado por el miedo.
Todos sabrán ahora
que soy una equilibrista sin red de seguridad
Por cualquier pequeño error, vuelo,
vuelo.
Una equilibrista.



Podría intentar lucirme, ejercer de cretino pedante y narrarles la historia vital de esta voz privilegiada. Mejor que lo haga ella. Nunca me gustaron los intermediarios, terminan cobrando comisión y apropiándose de la mejor parte de la mercancía. Si disponen de quince minutos, activen los subtítulos de youtube, tal vez comprendan que la vida no es un telefilme maniqueista de buenos y malos; que debemos emplear la historia como trampolín hacia un futuro más amable y no como ancla con el que amarrarnos a los intereses perversos de minorías privilegiadas; que la clave para la definitiva solución del llamado “problema” de Palestina, de la generalidad de los absurdos conflictos universales, se esconde como todo tras una obra de arte, tras lo que se dice y lo que se calla en  una simple una canción.



De regreso a Barajas, un mensaje de telegram perturba mi particular acecho a las maletas:

– Ya me contarás a qué coño has ido a Israel.

– A encontrarme, amiga. A descubrir que no soy el fracaso de genio que equivocadamente diagnosticaron en la escuela; ni el ajedrecista más o menos “apañao” de la infancia; ni el skiman de mis hijos; ni el funcionario aburrido; ni el profe coñazo de mates financieras; ni el que corría maratones de montaña o pruebas largas de esquí nórdico, cuando la salud y las ganas aún lo permitían; ni el fotógrafo; ni la pareja de nadie; ni el economista; ni el melómano enfermizo; ni el conferenciante heterodoxo, perenne defensor de causas sin cura; ni el lector empedernido; ni el amante apasionado, cuando supero la barrera de la timidez; ni el activista; ni siquiera el aprendiz de escritor maldito con el que ahora me etiquetan…

– Tío, tú estás loco.

– Hakol Beséder B’Eli Haséder

– ¿Qué dices?

– Que todo está en orden, dentro del caos. Es una frase hebrea.

– Rafa, en serio, ¿no te habrás pasado con los sedantes para el vuelo? ¿te encuentras bien?

– Sí querida. Solo camino por la cuerda floja, con los brazos extendidos, sin garantía, ni red de seguridad, intentando mantener la mirada en un punto fijo que permita la supervivencia. Soy otro equilibrista.


Y hasta aquí llegaron mis amores inexplicables, esos desvaríos personales con los que les he martirizado a las cero en punto de cada viernes vacacional. Ruego disculpen ese enfermizo egocentrismo a la hora de expresarme. Asaltando la frase de Fernando Arrabal, también "me descubro ante el señor Bertolt Brecht que puede escribir la vida de Galileo; yo, cuando escribo, solo se hablar de mí mismo". Perdonen las molestias. Termino con otro par de temas de Awad, con la letra traducida hasta donde resulta posible en estas lenguas complicadas. No se me ocurre mejor manera. 

Azini (Consuelame)

Consuelame, consuelame,
oh noche, hazme desaparecer
Sus caricias no van a durar toda la noche
y todos los secretos permanecerán contigo
Consuelame, consuelame,
oh noche, hazme desaparecer
Sus caricias no van a durar toda la noche
y todos los secretos permanecerán contigo
Llega lentamente la oscuridad total
Oh noche, escondeme
No les deje ver lo que tengo en mis ojos
Oh noche, consuelame
Oh noche, hazme desaparecer
Oh noche.



Cloud

Las nubes cubren la luna esta noche
No dijimos una palabra en todo el camino
Las nubes cubren la luna esta noche
Los hechos, lo que se deja de decir
Las nubes cubren la luna esta noche
La ventanilla abierta y la emisora ha cambiado
Las nubes cubren la luna esta noche
No tengas prisa, no quiero llegar
Las nubes cubren la luna esta noche
Deja que me quede en este instante
Las nubes cubren la luna esta noche
Cambió el signo de la noche y el viento golpeó en mi mejilla
Las nubes cubren la luna esta noche
Las nubes cubren la luna esta noche
Y sin duda cansado
de repente me estás preguntando qué es esta oscuridad
no puedo leer los signos
y te dije, sé que estás agobiado
Las nubes cubren la luna esta noche
Y sin duda cansado
Llegamos, y ella estaba esperándonos
Llegamos y nos elevamos por encima de los aviones
Y tú corriste a abrazarla
y yo busco en la radio otra canción para tararear
porque las nubes cubren la luna esta noche



Feliz #VDLN, feliz semana. Si nada se tuerce volveremos la próxima con otros amores musicales, aunque ya dentro de una relativa normalidad; toda la que resulta posible a un bahlawan. Hasta entonces, disfruten de la vida con salud y en libertad. Y, si se sienten con fuerzas, añadan unas gotas de esa tolerancia que reclama el infinito arte de Mira Awad, mejoraremos todas.




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Triana. Recuerdos de una noche. Amores inexplicables (VII). #VDLN 121

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Qué frío pasamos. Un error de principiante en alguien que vivió sus mejores días sobre las nieves de las montañas. Que quién iba a pensar que en agosto habría diez grados en el Puerto de Navacerrada. Pues cualquiera con cierto hábito de circular de noche por ese cuchillo natural que descuartiza Castilla en dos porciones casi exactas.


No fue malo el lugar escogido. La luz suficiente para manipular sin riesgos el material, la oscuridad necesaria para que el espectáculo no se turbara. Primero montamos el trípode, después la cámara. Enfoque al infinito para un obturador abierto durante veinte segundos. Aun conscientes de que la calidad de la toma se resentiría, ochocientos de sensibilidad y apertura cercana a la máxima. A ver que pasa. Aunque probamos otras combinaciones, como casi siempre, la primera idea resultó la más grata.

Nace el sol, por la mañana 
y de noche, se oscurece 
y la música monótona del grillo 
te adormece 
y te lleva 
y te eleva. 

Tiempo sin saber, ni dónde estás 
tiempo que se fue 
sin avisar. 
Pero intento descubrir 
si la verdad 
forma parte de mi ser 
y de tu ser. 
Tiempo que se va... 

Crece el árbol, nace el trigo 
y los recuerdos, también crecen 
y los días van curando las heridas 
de tu mente 
y te lleva 
y te eleva. 

Tiempo sin saber...



Durante largo rato esperamos en vano a que el tráfico bajara. Dónde iría tanta rueda de Rascafría a Villalba. Como en la danza de la muerte entre presa y verdugo, no se distinguía cual de las dos partes mostraba mayor sobresalto. Tanto que los coches se detenían y enfocaban con los faros asesinando instantáneas. Lo mejor, la charla. Perfecta con el amigo; agradable con esos seres sin rostro con los que compartimos una fusión magnética de tinieblas y esperanzas. Elegimos un trozo de cielo hacia el nordeste en el que apostarlo todo a doble o nada; nuestro sino cruel en esta vida, nuestro modo común de ejercer la existencia. Sentíamos envidia perversa de quienes lograban alguna captura sin otra herramienta que la humilde lente de un móvil de marca. No se trataba de diseñar una obra de arte, para eso nuestro sobrevalorado cerebro de simio omnívoro ya diseñó otros entornos. Tampoco de ganar nada. Solo de disfrutar, disfrutando de algo que entusiasma.

Quizá por esa extraña mezcla entre fracaso y sensación térmica, sucumbí a la necesidad de apartarme de todos por un rato. Encontré la excusa en hacer lo que uno hace cuando en el campo se aleja de la manada. La noche me trajo el recuerdo de otras noches, también hermosas, también estrelladas. Nunca entendí tu sometimiento a la contemporánea dictadura de la estética. Jamás te amé porque fueras bonita, te encontré preciosa porque te amaba. Y aunque   pese a una edad que va lastrando  aún albergo la esperanza de que el destino modifique mi criterio en otras manos, sigo convencido de no haber contemplado mayor belleza que la de aquel amanecer, tras una noche amplia. Yo, en el paraíso; tú sin maquillar – como a mi me gustaba –, con los ojos abstractos de rímel, vestida con mi camiseta larga. 

Tú que me hablas 
reina de la morería 
cada vez que estás a mi vera 
siento una gran alegría. 
Cada vez que estás a mi vera 
siento una gran alegría. 

Yo tunando a tu ventana 
yo me he venido a parar 
en recuerdo de una noche 
que nos vimos de verdad, 
en recuerdo de una noche 
que nos fuimos a enamorar. 

No cierres tu puerta con llave 
a mi corazón sediento 
que no importa que sepan la gente 
compañera, compañera 
que la Luna se baña en el río 
compañera, compañera…



La euforia colectiva por el clímax celestial, me devuelve al presente. Un rato más y recogemos, hasta esto cansa. De regreso a casa, con otra decepción que acumular a la espalda, decido revisar las tomas. Tal vez la diminuta pantalla de la EOS me impidiera en directo contemplar alguna presa; tal vez las cosas no pintan tan feas como a veces las vemos y siempre queda una esperanza. Nada. Un tanto atemorizado por la previsible respuesta, descargo las fotos antes de borrarlas. Abro darktable, el software libre que empleo para los raw desde que decidí eliminar de mi existencia cualquier huella de multinacional. Reviso con afecto fotograma a fotograma. 

Y... en una toma tan mala que no permite ampliarla, allí estaba. Pequeña, discreta, decadente, convencida de su inevitable fracaso, agredida hasta la sangre por las luces del progreso. Surcando el cielo orgullosa, aun consciente de su desintegración inmediata. Sin duda, mi estrella.

Puerto de Navacerrada, agosto 2.016
Espero que les gusten los Recuerdos de una noche evocados por los sonidos más oscuros de Triana, quizá la mejor banda de la música popular española. Jesús de la Rosa y su obra merecen una actualización diferente a las comerciales notas de El Barrio, a los ritmos metaleros de Medina Zahara o a ese delito legal de suplantación de personalidad que promovido por Juan Reina y consentido por la titular de los derechos sobre nombre del grupo (la viuda de Tele), continúa en activo. Triana, los que murieron en 1983 en fatal accidente a la altura de Villariezo, fueron, son y serán, uno de esos amores inexplicables, inmunes a la enfermedad del reloj. Quizá porque de ellos aprendimos que llevamos demasiado Tiempo sin saber o porque nos enseñaron que, tal vez, la vida no sea más que un permanente contraste de Sombra y luz

Una esquina cualquiera 
y bajo la luz de un farol 
dos jóvenes hablan 
se cuentan su vida 
y la ilusión de aquel amor 
de aquel amor. 

Sueñan con ser grandes 
con ser importantes, qué más da 
pero sólo queda 
un poco más tarde 
la luz del farol 
para alumbrar su soledad.



Disculpen las imágenes fijas en los vídeos. No hallé otra cosa. Feliz #VDLN, feliz semana. Salud y libertad.

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Zoe. Arrullo de estrellas. Amores inexplicables (VI). #VDLN 120

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Por el vicio adquirido en mi etapa de fotógrafo, colocaré con esmero alguno de los cuerpos más pesados, la Mark 5 o algo así. Añadiré el 24mm, el más provechoso para la ocasión, un angular amable para ganar espacios sin alejarme en exceso de las esencias. Rellenaré la mochila con el 50 de la mejores tomas, algún 200 y quizá hasta el 100 macro con su flash anular, que siempre habrá algún bicho con horarios similares a los míos decidido a compartir un trozo de vida. El trípode que no falte, a ver quien es el guapo que con esa luz sujeta a pulso semejantes muertos. Por si el hambre aprieta, sumaré dos bolsas de soledad bien colmadas de recuerdos. Cerraré las cremalleras y maldeciré la genética costumbre de cargar con todo a todas partes. Justo cuando me halle a punto de arrancar, regresaré a por esa Leica del año de los mamuts que alguien debió regalarme. No es más que una compacta de las de carrete, una pieza de colección, pero me dio lo mejor y nunca se sabe.


Por una vez, llegaré sin prisas al sitio de mi recreo. Un lugar humilde entre montes viejos, el refugio ideal para echar de menos. Extenderé la manta cuartelera bajo el saco de dormir, montaré el equipo, me tumbaré en el suelo y decidiré olvidarme de las fotos para disfrutar del espectáculo obsequiado por los trozos desprendidos del cometa Swift-Tuttle en su huida hacia la Tierra. Si el estado anímico me lo permite, dejaré en blanco la mente y concluiré que en gozar sin ataduras de lo que se nos ofrece, se halla quizá el misterio último de la felicidad.

Durante años coleccioné leyendas sobre meteoros, provenientes de los territorios más diversos. En cada cultura, en cada pueblo, se les concede una interpretación diferente. Para la tradición celta se trataba de almas perdidas que regresaban al planeta a la caza y captura de la paz eterna; en algún lugar de África me contaron una historia sobre espíritus de amantes que al morir se persiguen por el espacio hasta encontrarse. A
la Iglesia Católica, fiel a su hábito mortificante, no se le ocurrió mejor idea que bautizarlas como las lágrimas de un santo. Imagino que en su honor mandarían a la hoguera a toda una colección de pobres herejes.

Siempre aprecié en los mal llamados astros fugaces un preciso símil de nuestra existencia. Tan rápida como la luz, tan efímera como su estela. Quizá por esa incomodidad generalizada que alguien diseñó para fabricar obediencias, aún sobrevive la idea de otorgarles proporciones mágicas. Quien lo divisa debe solicitar un deseo, anherlarlo con toda su alma y perseguirlo con ansia hasta que se desintegre la materia. Yo, para variar, no me lo creo. Pero por si acaso, y hasta que el sol vuelva a tomar posesión de su reino, gozaré del celestial orgasmo de las perseidas en un permanente Arrullo de estrellas.



Espero que les guste este tema de los mexicanos Zoe. Una delicia de banda, ejerciente en ese oficio que quienes dicen saber de sonidos, bautizaron en su día como art-rock. Se la obsequio en en dos versiones: una en vivo, porque la música nació para escucharse en concierto, y otra enlatada con un vídeoclip que se justifica por su elegante belleza.



Yo ya escogí mi deseo. Aunque si se cuenta se rompe el hechizo, no sean tan capullos de exigir un coche o un teléfono nuevo; tampoco un álbum virtual relleno de los dichosos pokemon. Soliciten imposibles, cosas que no marquen precio. Escondan sus prejuicios, sus orgullos, sus vergüenzas, sus miedos... sus razones aunque las tengan que al fin y al cabo, todas las tenemos. Ayuden en lo que puedan a que se cumplan los sueños. Suerte.


Supongo que habrán notado mi irresistible atracción por las estrellas fugaces, uno de esos amores inexplicables a los que dedico esta temporada la summer edition. Que las disfruten. Feliz #VDLN, feliz semana. Hasta la próxima. Salud y libertad.



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Joan Baptista Humet. Hay que vivir. Amores inexplicables (V). #VDLN 119

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Imagino que por mi prematura adicción al ajedrez, o tal vez por los primeros pasos en la montaña (nunca desplaces un pie hasta no asegurarte que el de apoyo no resbala), adquirí el vicio de moverme por la vida con exceso de pausa. De mi maestro en el arte de los escaques, un convicto heredero de la escuela rusa, aprendí a leer las jugadas; a comprender que ningún rival que merezca ese título mueve sus piezas sin una intención definida; y que en contrarrestarla se halla el único secreto de una victoria bien ganada. Por esa cartesiana costumbre de llevar la contraria (“si una cuestión es difícil la razón siempre se encuentra en la minoría”), me agradaba competir con negras. No me importaba regalar la iniciativa, organizar la defensa y esperar – como mi Atleti – a que una contra me salvara.


Llegué a obsesionarme con Bobby Fischer, un judío americano (renegado hasta de sí mismo) al que terminé regalando el trono de mi infancia. Quedé prendado de una de esas incontables frases con las que podrían rellenarse una enciclopedia de citas: “no se gana con la inteligencia, sino con el alma”. Una buena infusión de esperanza para los que nunca nos reconocimos sobrados de cabeza, aunque en su caso, supongo, echaría una mano un cociente intelectual de 182; muy superior al que la literatura especializada estima para Einstein y de los que convierten en auténticos zoquetes a personajes tan socialmente admirados como Bill Gates o Stephen Hawking.

Casi a diario estafaba a mis padres. Tras las escasas hojas de una tarea que se volvía infinita, escondía los recortes de prensa con los más célebres duelos del ídolo rebelde. Aquel que desde la soledad del individuo derrocó el concepto estalisnista de la vida, al derrotar a Boris Spaski y a toda su corte de asesores en el histórico mundial de Reikavik; aquel que se negó a convertirse en estandarte occidental de la guerra fría, exigiendo de modo expreso concursar sin bandera. Me detuve con especial entusiasmo en la versión de la defensa Grunfeld que estrenó en la llamada partida del siglo, frente a Byrne. Creo que llegué a memorizarla con todas sus variantes. Necesitaba comprender las razones que consagraron a un crío de trece años, la edad de Fischer en 56, como el mayor talento jamás conocido. Convertí los deberes escolares en mi principal entrenador ajedrecístico. Quién iba a decirle al niño que a la ducha, a por la merienda o a acostarse, con tres viajes pendientes hacia la aritmética básica. “Papá que no me salen”, menuda cara.


El estilo de Bobby no iba con mis formas aprendidas. Él siempre arriesgaba, rehusando el enroque con ese famoso movimiento de rey que lo definía. Durante años intenté sin fruto adaptar mi estilo al de aquellas imprevisibles combinatorias con las que destrozaba al adversario. Lo suyo era poesía escrita sobre un tablero a cuadros. Lo mío, otra cosa; incluso salvando la insalvable distancia. Viví mis primeros años prisionero de esa puñetera ortodoxia posicional de Botvinnik que tanto odiaba y que con el tiempo destruí para transformarla en un ejercicio de riesgo permanente. Nada del ataque constante de mi ídolo de la infancia; aguantar atrás, dejar que te lleguen, y cuando el enemigo se siente más seguro, salir con todo por el flanco de dama. Se mata o se muere, aquí no se aceptan tablas…

Tras una fecha fea en mi historia personal, de esas que te trasladan a un difícil equilibrio entre emociones contrapuestas, el sábado pasado inauguré las vacaciones en un pueblo de la sierra, en una de esas cenas de chicas a las que tengo por hermanas. Aunque no sé como tomarme la invitación a eventos con semejante título, era consciente de las intenciones y de la especial importancia de este descanso laboral. Hace meses que me percibo en un punto de inflexión del que desconozco el ángulo que ha de tomar la función matemática. Nada nuevo, mi habitual constelación de dudas entre lo sensato y lo que apetece con clara ventaja de alfil y torre para lo segundo. Por un momento recordé una vieja frase de Poincaré que anima pero no aclara: “el caos no existe, es solo un orden que desconocemos”.



De camino reflexionaba sobre la similitud entre la vida y mis eternos combates de ajedrez. Porque somos como somos, todas terminamos repitiendo la misma partida. Siciliana o Grunfeld, según la dirección de los primeros movimientos del contrincante; apertura inglesa si no queda otro remedio que tomar las blancas. Juegos estratégicos que se inician como nada, pero que garantizan abundante sangre en cuanto el reloj avanza. Sin otra razón que el sentirme un tanto “así”, y por esa natural tendencia a traducirme en canciones, se me vino a la mente un viejo tema de Joan Baptista Humet, “Que no soy yo, que aún no soy yo”, pese a los cincuenta y tres. “Y ahora acabemos de ser sinceros, que a mi también me mueve el dinero y la vanidad”. Vaya noche; sin ansiolíticos a mano, incompatibles por prescripción médica con parte del menú, y con “esa lucecita que apenas se ve” dando por saco hasta el alba.

Ya por la mañana, saludo al espejo y por más que mi metro ochenta y tres se empeñe en lo opuesto, me encuentro pequeñito, una sensación conocida; también algo resacoso, todo hay que decirlo. Que mis amigas le pegan a ciertas cosas como si no hubiera un mañana y sin querer te contagias. A qué me meteré yo en tanto lío, si lo que apetece es la calma. Ratifico un sentimiento que se vuelve repetitivo, aunque mi entorno no lo comparta: igual es cierto que a veces me escondo en un disfraz de sobrado, pero en la soledad de las noches... Solo soy un ser humano.



Tras un delicioso almuerzo, por una compañía que entusiasma, de regreso a casa la puñetera lucecita al fin se apaga. La sustituyo por otra melodía del desaparecido cantautor catalán, al que incluyo sin reparos en el capítulo de amores inexplicables. Qué pena que nadie se haya decidido a revisar su obra y liberarla de los feos atuendos impuestos por las discográficas de la época . “Hay que vivir, amigo mío”; hay que vivir que pese a los calores estivales… ya va haciendo frío. Para quienes creen que en estos tiempos absurdos nos hallamos en el peor momento de la historia y que conviene irse arrepintiendo de los pecados ante la inminencia del apocalipsis, les sugiero se detengan en un texto que fue parido en los estertores de los setenta. Que lo mismo exageramos y esto ha funcionado siempre igual, con idénticas intenciones y con parecidos mesías.



Me estrujo en el sofá con la tímida esperanza de encontrar entre sus telas la solución ansiada. Concluyo que en los últimos tiempos he repetido demasiadas partidas artificiales; que no me apetece retirarme del todo; que pese a los años y los achaques, me sigue cautivando mi juego predilecto; pero que de aquí en adelante escogeré contrincantes de carne y hueso, que uno empieza a estar harto de quienes se esconden detrás de una máquina y de l@s que se retiran en plena apertura en cuanto la posición se aleja de la que imaginaron en algún cuento de hadas. Desempolvo mi viejo tablero de madera en el que coloco las piezas casi sin limpiarlas; el test soñado por mi terapeuta, supongo. Sin dudarlo un instante tomo las blancas. Peón cuatro dama...

Una apertura cerrada de las que en estricta teoría garantizan tablas si ninguno de los contendientes mete mucho la pata. Una simple propuesta para un combate equilibrado sin otra finalidad que disfrutar jugando de un juego que aún me encanta. Como diría mi viejo maestro: pieza tocada, pieza movida. Peón cuatro dama...


Olviden los infames arreglos y disfruten si pueden de las composiciones de Humet, uno de los grandes olvidados de nuestra música, quizá por dedicar los textos a reflexiones universales y no a los dogmas políticos dictados desde la propaganda. Disculpen la extensión, hoy no tuve tiempo ni de acortarme. Feliz #VDLN, feliz semana. Hasta la próxima con otro de mis habituales desvaríos veraniegos. Salud y libertad.


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Enrique Bunbury. Una noche en la ópera. #VDLN 118

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Por entorno, por repertorio y por el momento de forma del aragonés errante, en ese punto de su historia personal en el que se reconoce maduro, sin asomarse a viejo; acudí al Real madrileño como quien se acerca a la sala dorada del Musikverein vienés el primer día de enero; con la certeza de contemplar un placer exclusivo, un puto privilegio. Aunque pronto le pusimos remedio (mi palco resultó repleto de peña conocida),  de modo intencionado me hice acompañar por la soledad voluntaria que reservamos para los grandes acontecimientos. Nacemos solos, morimos solos; solos nos enamoramos y nos desenamoramos que por más que expresemos lo opuesto, la otra parte no pasa de constituirse en sujeto pasivo de los sentimientos. Me acomodé en un lugar sin precio, regalo de unas manos de mujer a quien desde aquí se lo agradezco. No demos nombres. Pese a la falta de méritos, cada vez me lee más gente y luego todo se termina sabiendo.

Foto: costaricametal.org

El libro de las mutaciones, el actual espectáculo de Enrique Bunbury, nació de aquel mágico recital para el canal latino de la MTV. Mucho más que el típico grandes éxitos con el que los dioses del Olimpo tratan de mantener la divinidad cuando empieza a escasear el talento. Lo definiría como un repaso a treinta años largos de carrera, interpretando los temas tal como debieran haber nacido, sin las cargas registrales de las modas de cada tiempo. Creo que con intención, ni siquiera ha escogido los "hits" más recientes, sino aquellos que alcanzada la cumbre, solo los privilegiados pueden cocinar al vapor, sin aceites que enmascaren sus sabores verdaderos. La banda, tremenda que diría el bueno de Javier Ruibal, dominada por dos bandidos que destacaron sin desmerecer al resto. Vaya conciertazo de Revenaque a las teclas y vaya virtuosismo discreto el que surgía de las cuerdas de Jordi Mena. Llegué con la idea de escribir una crónica, la deconstruí a dos palabras, al estilo de las salsas de los cocineros postmodernos: sencillamente perfecto.

Brillante a la voz, ilustre en los arreglos, la mayor cualidad del señor Ortiz de Landázuri es su capacidad para dibujar emociones. No se me ocurre una situación vital de las que importan que no se refleje en alguno de sus textos. Supongo que influirá aquello de compartir con él buena parte de la visión de este mundo tan feo. Porque yo también siento el veganismo como el acto revolucionario con mayor capacidad de cambiar la sociedad desde lo cotidiano, sin sangre y sin innecesarios aspavientos. Y de nuevo coincidimos en amar de verdad a nuestra tierra y en querer alejarla por ello de nacionalismos, de esos límites fronterizos diseñados con el único fin de entristecerla y convertir en enemigo a quien solo se reconoce diverso.


Ni siquiera recuerdo la duración exacta. Llegaron los bises cuando parecía que andábamos en el calentamiento. En el lenguaje de los medios, el set list fue un zasca a esos incansables talibanes en el aburrido oficio de solicitar la resurrección de Héroes del Silencio. A ver si nos enteramos que no puede revivir lo que no se ha muerto; que estaban sobre el escenario con otros músicos, dirigidos por un tipo que responde “y yo que sé” cada vez que se le pregunta si su disco es de rock o cambió el género; por un talento natural que se niega a convertirse en juvenil caricatura de un hombre adulto a quien el sorteo de la genética le regaló la condición de genio.

Corto y cambio. Comienzan los veraneos y lo último que apetece es leer pergaminos eternos. Les dejo con tres temas que de algún modo reflejan lo vivido en el teatro de la ópera y que además son de los pocos disponibles en su último formato, sin vulnerar los derechos de la propiedad intelectual. Que pintores, músicos, fotógrafos o poetas trabajan por amor al arte, pero a diferencia de esa colección de indeseables que ejercen desde las instituciones en su exclusivo provecho, aún no viven del cuento. Me permito comenzar como empezó el concierto, con ese Ahora en cuyo estribillo nos identificamos todos los que de uno u otro modo dedicamos a la creación nuestros instantes más sinceros.

Ahora puedo decirlo mas alto
pero no puedo mas claro
todo lo que en el mundo he amado
es una canción, un teatro y a ti.



Pero la vida es presente y digan lo que digan l@s psicólog@s del culto a la autoestima (o l@s mem@s sin remedio), en lo más íntimo, todas deseamos a alguien que desde el respeto a la libertad, coloque con nuestro consentimiento Dos clavos a mis alas, para soltar las amarras y navegar juntas Mar adentro. A quien lo tenga que le dure; y a quien no, suerte en el empeño. 





Y para los que aún duden de la magnitud del evento, les dejo una muestra. Tan mala en cuanto a calidad sonora, como representativa de ese Maldito duende que se coló en el Teatro Real, para inundarlo del probablemente mejor rock en castellano de la historia de la música.



Ya en el camino de vuelta a casa, una reflexión se apodera de mi maltrecha cabeza, más o menos a la altura de Parla. Para alcanzar la felicidad, para sobrevivir al éxito, hay que alejarse sin paracaídas de esa zona de confort que nos limita a lo conocido; hay que lanzarse al patio de butacas para dejarse devorar por la vida y  reinventarse en cada movimiento. Justo lo que hizo el irrepetible músico el veintiséis de julio en el Real madrileño; justo lo que emprende con cada nuevo proyecto.

Espero que les gusten los temas. Y también que disculpen mi falta de objetividad para con Enrique Bunbury. Se nota; es la tercera vez que visita este refugio cibernético. Todo un record. Feliz #VDLN. Si medio me apaño con el teléfono, la semana próxima volveremos, aunque por las fechas no nos lean ni los acérrimos. Disfruten de las vacaciones. Como siempre, con mis mejores deseos de salud y libertad.

Imágenes del concierto, gentileza de Lola Honrubia.

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Vradiazei. Una noche con Ptah. Amores inexplicables (IV). #VDLN 117

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Creo que una de mis mayores limitaciones es la incapacidad casi absoluta para la negación. Mira que me dejo pasta y le pongo empeño, pero nada. No me pregunten cómo, pero hace unos días me vi inmerso en una especie de sesión espiritista junto a siete locas, entendido el término no como distintivo de género, sino de estado mental. Completaba el cuadro una estafadora de oficio a la que denominaban guía. Un lugar duro para un pobre hombre que solo cree que es de noche cuando se la pega de narices contra un árbol en la oscuridad. Al parecer Samantha (sí, sí, como la de Embrujada) que para mayor escarnio así se autodenominaba la susodicha, suscribió una especie de contrato en exclusiva con un tal Ptah, a la postre el dios de la creación del antiguo Egipto. Bueno, al menos eso es lo que pone la Wikipedia que yo de religiones no controlo mucho y allí, in situ, tampoco parecía cuestión de preguntar.


Comenzamos el ritual sentándonos en círculo y entrelazando nuestras manos como en el corro de la patata que practicábamos de niños. Lo obligado era cerrar los ojos, aunque he de reconocer que en parte por mi natural desobediencia y un poco por el miedo de que a Ptah se le antojase una ofrenda, en ningún momento acabé de cumplirlo. En todas las culturas, en todos los tiempos, se termina sacrificando al diferente, y allí bastaba una ojeada a la estancia para comprender quien poseía la certeza del premio.

Temí lo peor al escuchar aquello de “ señor, ven y tómanos”. Al margen de la divinidad, cuya orientación sexual me resultaba indefinida en esos momentos, allí el único señor conocido era servidora. Y, bueno, no es que las damas estuvieran del todo mal, pero uno con la edad tampoco se ve ya para exhibiciones y además, metidos en faena, prefiero los entornos con cierta intimidad.



Cuando por fin Ptah nos obsequió su presencia, la sacerdotisa comenzó a dibujar unos movimientos extrañísimos con los brazos y a exagerar sus gestos, como en las tomas falsas de una de esas pelis de serie B norteamericana que imitan al exorcista. La voz ronca, casi gutural, con la que al estilo Corey Taylor (Slipknot) comenzó a expresarse, denotaba en su cuerpo la indubitada okupación de la divinidad. El asunto consistía en que cada una de las intervinientes por el módico donativo de cien euros, adquiría el derecho a interrogar al dios sobre cualquier asunto de su incumbencia. La duración como supuse lógico en estas situaciones, dependía del estado de ánimo del más allá. Si se levantaba con buen pie, el aquelarre podía prolongarse hasta la madrugada; si, como parecía el caso, le sentó mal la cena, una horita corta y sin bises, por más que el público aplaudiera.

Ante la decepción general, no logré evitar ese sentimiento de culpa decidido a perseguirme a lo largo de mi recorrido por la Tierra. Como en casi todas las religiones, los espíritus solo se aparecen a los creyentes y pueden intuir que quizá no fuera la mía, la compañía más adecuada para estimular su permanencia.

Al bueno de Ptah podemos negarle cualquier cosa menos la claridad. Al interrogante de “volveré con mi ex” (viendo el paño, me temí una pregunta así desde el primer momento), respondió sin dudas: 

– Lo descubrirás siguiendo la estrella que dirige tu camino hasta el horizonte de una noche sin lunas. 

Incluso a mi extrema timidez, le hubiera parecido más sencillo llamar al tipo y consultárselo (o directamente no haber prescindido de sus servicios, si tanto interesaba), pero claro, ya sabemos que en asuntos celestiales yo tiro más bien hacia los infiernos.



Tranquilidad que no revelaré otros secretos. A la salida descubrí aquel episodio como la más fructífera sesión de psicoterapia a la que jamás había asistido. Nunca volveré a repetirme aquello de “estoy pirao”, por más que conviva con una cada vez más amplia manada de gatos, me alimente sin muerte, carezca de televisión y me acueste a diario, casi cuando el sol despunta. Lo mío se vuelve un cuento de Disney en comparación con aquel espectáculo. Creo que abandonaré para los restos hasta los ansiolíticos.

Si a estas alturas alguien alberga dudas sobre el nivel socio-económico de las devotas, aclaro que me bajé en el metro de Lista y que buena parte de los rostros allí presentes apestaban a universidad de pago y a cirujano saca cuartos.

En fin, que a mí siempre me tiraron las brujas, pero las malas; las que te inundan el alma de magia negra y toman posesión de tu espíritu; las que hacen sangre con los colmillos, bajo el hechizo de una noche de luna; las que envenenan tu cuerpo con un mal absoluto de las que solo ellas poseen el antídoto. Esas a las que pase lo que pase... nunca olvidas.



En lo musical, mis brujas preferidas son cuatro chicas de Olympia que ejercen su rito con el apodo de Vradiazei. Uno se esos amores inexplicables a los que dedico los viernes musicales hasta que septiembre nos devuelva a la ordinariez de lo cotidiano. Espero que les gusten. A mi me hechizaron más o menos por el 2010, en un antiguo centro social liberado (okupa en dialecto capitalista) del madrileño barrio de Tetuán. Por cierto, las tías majísimas. Tras un buen rato de charla hasta que mi mal inglés quedó exhausto, les compré un CD en el que podía leerse a modo de justificación de ese inclasificable género que practican: "la realización de que los días más oscuros están aún por llegar, nos inspiró a abandonar el uso de electricidad en nuestra música; expresamos la angustia del pasado, la desesperación del presente y la incertidumbre del futuro sin ella; cuando el mundo sea dejado en ruinas, nuestro sonido será un eco en las calles desiertas". Una perfecta representación artística de esa teoría del colapso que con tanto entusiasmo profesamos los decrecentistas.

Feliz #VDLN. Hasta la próxima... salud y libertad.

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Sinfonity. Un pacto entre caballeros. Amores inexplicables (III). #VDLN 116

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Todo empezó tras una noche de rock, en un conocido polígono de Alcorcón con aroma a recuerdos que empiezan a teñirse de viejo. Tras la fiesta, la charla, como debe de ser; que por algo el verbo es el rasgo distintivo de nuestra especie. Un hábil instrumentista con un largo historial en esto de la música me tienta al evento:

– El siete de julio tocamos en Galileo. Doce mástiles, entre guitarras y bajos, al servicio de los clásicos. Piezas de Bach, de Vivaldi, de Albéniz o de Prokofiev, cocinadas al vapor con el único ingrediente de las cuerdas eléctricas.


Foto: Rafa Hernández

Interesa el proyecto. Me habla de que al frente se encuentra Pablo Salinas, un veterano guerrero con un currículum que impresiona. Como compositor, como intérprete (guitarra, piano…), como productor o como arreglista, ha trabajado con los grandes del oficio: Topo, Luz Casal, Miguel Ríos, Morente, el gran Antonio Flores, Kevin Ayers y hasta el mismísimo Mike Oldfield. A su lado, Mané Larregla, otro grande del gremio, autor de bandas sonoras que de no nacer en esta puñetera península, hubieran alcanzado la notoriedad que merecen.

– Te va a gustar. – continúa Felipe – No veas el curro que lleva esto. Sin director y sin otra ayuda que las horas de ensayo, conseguimos que suene casi perfecto. Hemos tocado por medio mundo, pero aquí… ya se sabe.

Aquí ya se sabe amigo. Pablo Alborán, l@s triunfit@s y cualquier otra cosa que esté buena y huela a comercio. Nos despedimos. Al llegar a casa, ya con el astro amarillo abrazado a la ventana, me vuelvo detective y descubro que incluso un ilustre habitante de Los Molinos, un argentino de Rosario conocido como Osvi Grecco (Ariel, Luz…), participó en algún momento en el incendio. Razón suficiente. Me decido, el día siete nos vemos.



Por una vez no aterrizamos tarde que en eso también voy perdiendo facultades, y hasta conseguimos un buen asiento. En la mesa de al lado Oscar Sancho (Lujuría, mariskalrock.com) se encarga de animar al resto. Un tipo majo, incapaz de quedarse quieto. Palmas, fotos, una colección de sonrisas y un buen montón de paseos. Dónde iría tantas veces en un recinto tan pequeño. Empiezan con Ravel, El bolero. No es mi preferida del repertorio clásico, pero aquello suena de miedo. Prosiguen con Vivaldi, con Bach, con Mozart, con los Strauss… En algún instante practican una razia sobre piezas musicales más acordes con mis preferencias. Prokofiev, Holst y Musorgski me elevan a los cielos. Mi mente huye hacia sus habituales pensamientos. Sin ni siquiera adivinar la causa, una frase ejerce en mi cabeza de ajo gazpachero: "ninguna persona puede ser nada diferente a aquello en lo que cree con pasión". Y yo debo poseer una fe ciega en el arte, porque solo en él me reconozco y solo en él hallo las respuestas que se niegan en otros dominios.  Increíble como logran adaptar a las cuerdas, incluso partituras nacidas para sonar al viento. El toque latino lo pusieron con las habituales oberturas de óperas italianas y ya en los bises con unos toques del maestro Albéniz y con la obra más célebre de Manuel de Falla (qué se le va a hacer, nada es perfecto). De cierre un guiño al sinfonismo moderno. Una de las mejores versiones conocidas del Peter Gunn theme de Emerson, Lake & Palmer.



Me supo mal que las prisas me impidieran felicitar al colega a la salida. Darle las gracias por una noche perfecta, en una de las mejores compañías que uno puede soñar y con el recuerdo de una vecina del barrio – bonita por fuera, preciosa por dentro – que se nos cayó de la fiesta por hallarse cruzando un feo momento. Pasará, como pasa todo, que algún día se olvidarán de nosotras hasta los médicos. Lo dicho, gracias tío y que quede constancia de que los viejos rockeros siempre consumamos las promesas entregadas al alba, selladas con alcohol y unas dosis de afecto. Como diría Sabina, cuando aún era Sabina, siempre cumplimos un pacto, si es entre caballeros.



A estas alturas se preguntarán que tiene esto que ver con esos amores inexplicables a los que este año dedico los viernes de estío. Muy sencillo, aunque adoro la llamada música clásica, es escuchar a Bach o a Haendel, y despertarse en mí el deseo irrefrenable de arañar paredes, asesinar ventanas o morder el teclado desde el que escribo estas líneas. No sé, percibo la sensación de que voy camino de la hoguera para purificar las culpas terrenales. Lo mío siempre fueron las sonatas de Liszt, las sinfonías de Schubert o las partituras libres de Stravinski, de Orff y de Holst. Por una vez, recibí el sentimiento opuesto. Espero que les guste Sinfonity. Si se les presenta la oportunidad, no se lo pierdan. Merece la pena.



Feliz #VDLN. La semana próxima, si el destino no se empecina demasiado en lo opuesto, volveremos con otra sesión de amores inexplicables. Entre tanto, disfruten de la vida hasta donde se deje, con salud y en libertad. Y si se resiste un poco, acudan sin miedo a buscarla que hasta los sueños se escapan, si no les ponemos empeño.





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Marilyn Manson. Amores inexplicables (II). #VDLN 115

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Concibo la existencia humana como una interminable sucesión de errores, raramente interrumpida por aciertos esporádicos. De los miles de actos que habré realizado, solo reconozco dos que caben con certeza en la segunda categoría. Para la primera elegí un nombre que sonara conocido, aunque sin antecedentes penales. Para el segundo, todo a estreno, que siempre quise que fueran ellos y no los herederos de nadie. Les sonrió la fortuna en el sorteo de la genética, se parecen a la madre: equilibrados, con los pies pegados a la tierra y con la desobediencia justa para no volverse idiotas, pero sin pasarse que eso suele acarrear consecuencias fatales. Disfrutaron del deporte mientras disfrutaban; después plantaron cara a la panda de ignorantes que lo dirigen y que prometíam el cielo a cambio de embestir con insistencia al trapo rojo que les mostraban. Todo valía con tal de mantener el salario de los que no sirven para nada distinto que el hacer creer a otros que saben. También plantaron a los ignorantes que siguen a los ignorantes, créanme, una legión. Menudo carácter.


En esa etapa aprendieron que una persona no puede ser nada diferente a aquello en lo que sueña con pasión y a no aceptar más disciplina que la que cada uno se impone a sí mismo. Descubrieron que cuanto más alto el cargo, más bobo el tipo y menos preparado, una constante. Y también que los ineptos tienden a soltar la culpa hacia el resto de los mortales. Comprendieron que terminar una carrera no supone concluir los estudios, porque el aprendizaje es una función sin límite. Y supieron más o menos resolverse el futuro, en estos tiempos difíciles en los que todo lo estable parece merecer condena. Hoy siguen ahí, una desde esa proximidad que huele a explícito afecto, el otro desde una lejanía que me niego a percibir como distante. Nos conocemos, en algo tenía que salir al padre.

A ver como le explico yo a mis hijos que me movería hasta cualquier lugar del planeta por un concierto de Marilyn Manson. Lo sé. Ni tengo edad ni se me supone el nivel sociocultural más adecuado para entusiasmarme con la bestia. Tampoco vamos a decir que su voz suene a prodigio, ni siquiera dentro del metal industrial, o que las composiciones alcancen lo sublime. Quizá sus mejores momentos los vive en covers, en versiones de temas ajenos que convierte en propios sin más que aproximarlos a su estrafalaria imagen.



Manson eligió ser el príncipe de lo oscuro, del lado siniestro que sobrevive en cada uno de nosotros, cuando aparcamos la educación y nos mostramos. Manson es la sociedad que observo desde mi celda cuando me asomo a la verja que la delimita; el sueño dorado de cualquier estudioso de la psiquiatría carente de ideas para su tesis doctoral; la mejor representación de las cefaleas que asolan mis madrugadas; la trastienda de esos seres que navegan por la vida con sobredosis de azúcar, hasta que en algún descuido pierden la máscara; los oficios de cualquier secta, o de cualquier religión que a estas alturas no vamos a andarnos con eufemismos; la miseria política; el deporte competitivo y tal vez, hasta los espejos de mi casa, cuando por caprichos del destino me cruzo sin intención con alguno de ellos. La bestia daña porque nos imita, pero se conforma como mucho más que un disfraz extravagante con el que dar rienda suelta a la rebeldía adolescente.



Brian Hugh Warner que así, con apellido de parque temático (una premonición), es como bautizaron al tipo; pone la voz, también la imagen; pero sabe que no es nadie sin ese bajo y sin esa guitarra sucia, sobreactuada, artificial por exceso de efectos, del gran Twiggy Ramírez. Por eso lo rescató de nuevo para el grupo, tras una larga ausencia. El coautor de la banda sonora que más me agrada, para aquellas placenteras situaciones que no pueden narrarse, sin variar la calificación de edad de este absurdo refugio cibernético. Entre los dos lograron un imposible, convertir en obra de arte una insípida composición de Eurythmics: Sweet dreams.


Les dejo con sus temas. Al ya citado, sumo Antichrist Superestar (perdón si hiero algunas sensibilidades, incluidas las ortográficas que el traductor debe ser de ciencias puras), No reflection (mi predilecto) y Deep Six (el vídeo, una pasada que se las trae). Imagino sus comentarios. No se corten que estamos para eso y a mí también me pasa. Feliz #VDLN. La semana próxima, si nadie lo remedia, volveremos con otro de mis amores inexplicables. Disfruten hasta entonces con salud y en libertad.





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