Sobre mí

Rafa Hernández. Espíritu libre. Perdedor vocacional. Devoto del Decrecimiento como filosofía. Adoro la montaña, el esquí nórdico, la música, los gatos, las fotos y los buenos poemas. Los malos, también. Grave defecto: soy economista.

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Anna Phoebe. Porque quiero ser ciberatacador. #VDLN 160

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En mi viaje sin retorno hacia ningún destino, afrontaba uno de los peores momentos desde que me convertí al pesimismo. Incluso se paseó por mi cabeza el viejo lema punk de los setenta que tomé por bandera adolescente: «Somos anti todo». Razón poseíamos en aquella época, porque nada conozco que empiece a merecer la pena. Pese a mis expectativas, la manifestación animalista del sábado en Madrid, tampoco sirvió de mucho alivio. La imagen de políticos pertenecientes a coaliciones en cuyos programas no se mienta una palabra contra la tauromaquia, regalando selfies a la concurrencia, y la consagración de personajes que ven en el movimiento, el mejor modo de postularse como concursantes a la Isla de los famosos cutres, o a cualquier otra similar obra de arte, terminaron de definirme. Por momentos me consideraba tan antitaurino como anti-antitaurino. ¿Qué pinto yo aquí, entre tanta gente? ¿Qué hago yo en ningún lugar entre ácratas que se afilian a un partido, antiespecistas que consumen carroña de mamíferos o demócratas que llaman paraíso a la Venezuela de Maduro o a la Corea del actual monarca de la dinastía Kim-Jong? Me acordé de Fernando Arrabal, el del Grupo Pánico y el mileniarismo, cuando se confesaba tan anarquista como para mostrarse contrario a los postulados de los seguidores de Proudhon. Quién sería el idiota que inventó los «ismos», etiquetas que nos uniforman y que terminan por convencernos de todo lo opuesto a lo que la razón sugiere. A quién hay que matar por confirmar que hasta el diccionario nos estafa, y que ideología no viene de idea, sino de ídolo. No cabe la esperanza, la libertad se vuelve quimera si compartes especie con seres que sueñan con una foto junto al líder, para colgarla orgullosos en la red social de su preferencia. No hay solución frente a eso que llamamos sistema, la imagen de nosotros mismos, porque de veras nadie lo discutimos y solo pretendemos mejorar la posición relativa que en su seno nos corresponde. El resto es adoración, imagen, moda, postureo, como tiende a decirse ahora, en la neolengua propia de este tiempo absurdo.

Foto: Jordi González

Y en esto que a mitad de la calle Mayor, mientras intento escaquearme de una pancarta que para variar me tocó, vas y me escribes. Y preguntas que si me he enterado de lo del ciberataque. Que han paralizado Telefónica, la Renfe, centenares de empresas… Y se me ilumina el rostro, creo que hasta la mente. Me acuerdo de Kaczynski, otro sin sitio al que también toman por loco, y de su «golpear donde duele». Me decepciono en parte, cuando respondes que Santander y BBVA, resultaron indemnes. Vaya por Dios, pandilla de aficionados que ni siquiera han sido capaces de cargarse la Administración. Tú te asustas por lo de los hospitales, pero te tranquilizo al recordarte que no se conoce espacio más inseguro, para un enfermo grave, que un lugar repleto de fármacos y doctores. Y descubro mi verdadera vocación: quiero ser ciberatacador. Y quiero destruirlo todo. Y coger a los gatos, incluso a ti, si es que de veras existes y te dejas, y tumbarme en la hierba a contar las hojas de los árboles. Sin móvil, sin coche, sin ordenador, sin imbéciles, sin maestros que nada enseñan; sin futuros que agobian y sin pasados que atormentan. Solo un libro en blanco con miles de páginas… que rellenar con millones de letras. Y si por medio se cuela algún beso, de alguien que merezca la pena, tampoco lo voy a rechazar (mejor el tuyo, a qué engañarnos). Y con el violín de Anna Phoebe, para calmar al silencio, cuando los oídos se hastíen de escucharlo.



Feliz #VDLN, feliz semana. Salud y libertad.

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El niño que nació viejo

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Según me cuentan
nací
calvo y sin dientes
con la frente arrugada
las ilusiones marchitas
haciendo cola
para el siguiente turno de lavado.
Las patas de gallo
y la vista cansada
siempre fueron mías.
Inseparable de por vida de unas gafas.
A los pocos meses
empecé a desarrollar lumbalgia.
Comencé a afeitarme al año y medio
una barba muy larga y muy blanca.
Las heridas
esas sí
me las hicieron.

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Cultoro: la incultura de los torturadores.

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Según la RAE, un oxímoron es la «combinación, en una misma estructura sintáctica, de dos palabras de significado opuesto que originan un nuevo sentido». Junto a inteligencia militar o banca ética, hace tiempo que concibo «cultura taurina» como su más perfecto ejemplo. Las últimas crónicas sobre el acto abolicionista del pasado sábado en Madrid, así lo ratifican. A título de muestra, me detengo en la entradilla con la que ilustran ese panfleto sesgado, parcial, tendencioso, falso y ofensivo que, bajo el título de Somos más y mejores, pretenden colar las gentes de Cultoro por una noticia. De modo literal reza así: «Sólo 3000 desoladas almas en una manifestación anti financiada por quienes todos sabemos y que incluso estuvo publicitada en medios generalistas como El País... y 19358 personas pagando en los toros». Todo un monumento a la ignorancia, a la falacia, a la cobardía, a la pedantería psicopática y al juicio de valor gratuito, de quien sabiéndose en sus últimos instantes, carece de la decencia necesaria para defender con otros argumentos, lo que de natural no se sostiene.



Porque se precisa ser ignorante para autodenominarse Cultoro y comenzar el texto con un «sólo» acentuado que hiere los ojos de quien posee unos mínimos conocimientos ortográficos y que la RAE (ver enlace), que tampoco es que sea un paladín de la modernidad, considera incorrecto desde hace años. Se podría argumentar, cierto, que como ellos habitan en un retraso cultural de un par de siglos, allá por el XIX no se hallaban vigentes las actuales normas; igual hasta podría tratarse de un error del socorrido autocorrector, en manos de algún columnista poco ilustrado; pero nos saca de dudas el neoconcepto de «manifestación anti financiada» con el que continúan. Hombres de Dios, si lo que quieren expresar es que se trataba de un acto contrario a la tauromaquia, pagado por oscuros intereses, me temo que les falta una coma en algún sitio. Por si no lo pillan, se lo explico: «Solo 3000 desoladas almas en una manifestación anti, financiada por quienes todos sabemos»… Así queda mucho mejor y además, hasta se entiende. De la falta de la necesaria separación de millares (se escribirse 19 358 y no todo junto, a lo bestia) o de la inexistencia del verbo 'publicitar', mejor nos olvidamos; ya sabemos que las gentes de letras, y ustedes presumen de ello, no se llevan bien con los dígitos o con la ciencia económica. Nada tan grave que no pueda corregirse con un buen libro de gramática. En mi época de profesor aprendí a respetar las limitaciones culturales de cada cual, que para eso me pagaban, para enseñar; pero visto lo visto, les propongo una cabecera más adecuada al tono de la publicación: «Incultoro». Igual otorga un menos favorable perfil de marketing, aunque no me negaran que parece más acorde con el contenido.

Porque se precisa ser falaz para afirmar que solo marchabn tres mil seres, en una calle Mayor en la que nos asábamos de calor por la apreturas. Cuando la cabecera alcanzaba la Puerta del Sol, nosotros, los que viajábamos en los últimos vagones, aún permanecíamos en la estación de Bailén. Sí, ya sé que desde la Delegación del Gobierno facilitaron esas cifras, pero no olviden que pertenece al PP, el partido por excelencia de los taurópatas (también de los corruptos) y que su delegada en Madrid, se halla en estos días inmersa en algún proceso judicial, no precisamente por su matrimonio con la honestidad. La misma fuente, cuando la visita del Papa acabó con el 15M, hablaba de un millón de personas reunidas en la plaza que sirve de sede perpetua a las campanadas de fin de año. Aunque nosotros tuviéramos «media entrada», alguno más de tres mil sí que seríamos, ¿no?

Porque se precisa ser cobarde para insinuar que los actos estaban costeados por un ente inconcreto que al parecer solo conocen los de la secta; sin citar la fuente y sin aportar pruebas, no sea que tengan que enfrentarse a una demanda. Miren, cuando uno o una se viste por los pies y acusa a alguien de algo, se aportan nombres, cifras, datos, justificantes de pago, porque, en el caso opuesto, lo que practica es la mentira a sabiendas, protegiéndose en la indeterminación del inculpado para eludir las consecuencias. Nosotros no necesitamos de tales artimañas, la financiación de su «arte» con fondos públicos, el único medio capaz de convertir en viable un pasatiempo ruinoso, consta en los presupuestos de las distintas administraciones: ¿les suenan la PAC o las subvenciones directas de ayuntamientos y comunidades o la reciente reducción del IVA?




Porque se precisa ser pedante y ególatra para titular el artículo como Somos más y mejores, o para calificar a las asistentes como almas desoladas ¿Ustedes quiénes son para considerarse mejores que nadie y qué coño saben del estado de nuestras almas? Si en lugar de inventar delirios coincidentes con sus deseos (o con su negocio), se hubieran acercado a Sol, habrían comprobado el ambiente festivo que reinaba en la plaza. Pero a ustedes no les interesa la verdad, ni la opinión del resto, ustedes quieren sangre, matar, y no reparan en presentarse en unas pocas lineas como pobres víctimas perseguidas o como seres superiores, según convenga a sus argumentos. Rasgos que resultan lamentablemente coincidentes con algunos de los que, según los psiquiatras, caracterizan la psicopatía.

Porque se precisa ser cerrado de mente para justificar un espectáculo inaceptable por el hecho de que determinado número de personas paguen una localidad. No queremos regresar a argumentos repetidos, pero, por desgracia bastantes más de 19 358 (se escribe así, de verdad) son clientes a diario de narcotraficantes o prostitutas y no por ello se convalidan como tolerables desde lo social semejantes actividades.

No seré yo quien criminalice a nadie de modo individual. A todas, femenino genérico con 'las personas' como antecedente, nos educaron en el machismo, en los supuestos valores de la patria, en religiones con mensajes opuestos a los que propugnaban sus fundadores, en el especismo en general, en la competitividad o en la tauromaquia; pero con la inteligencia, con la madurez, y desde la comprensión a quienes sufren de pasiones incontenibles, una mayoría conseguimos medio superar esas ideas arcaicas o, al menos, nos mostramos dispuestas a perseverar en el intento, conscientes de que conforman las peores lacras de nuestra sociedad.

En fin, que gracias a los señores «cultotoristas» he descubierto el nuevo sentido del oxímoron que citada al principio. Cultura taurina: psicopatía, falsedad, ignorancia, prepotencia, chulería. Definitivamente, la tauropatía es la incultura de quienes justifican en la tradición, lo que resulta injustificable de cualquier otro modo.
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Tax Station. Night Thief. #VDLN 159

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Como el resto de los animales, los humanos tendemos a repetir comportamientos, aciertos y errores, a revivir una y mil veces la misma escena, todo lo más con pequeños cambios en el decorado o en el reparto que interpreta a alguno de los personajes. Siempre concluimos en idéntica fiesta o en el mismo ataúd, con los mismos clavos, con la misma cruz. Siempre escuchamos los mismos temas, leemos los mismos libros, y nos enamoramos y desenamoramos de la misma gente. Siempre la misma función que cantarían los Héroes.



Quizá por ello nos enfrentamos de modo repetitivo a episodios que juraríamos haber vivido antes, o alternamos con nuevos seres que nos resultan desconocidamente familiares. Los pintores dicen reincidir de por vida en un solo cuadro y los músicos componer en cada disco iguales canciones. Hasta los poetas, los buenos como Pessoa o Gloria Fuertes, y los malos, los que carecemos del talento indispensable para ni siquiera considerarnos del gremio, concluimos en los mismos versos, aunque suenen con palabras diferentes.

Al menos eso es lo que transmite mi psicóloga, que debe hallarse en lo cierto. Porque pese a recorrer territorios más elegantes o incluso más complejos; pese a mi gusto por el clásico, por lo experimental, por lo gótico o por lo académico; tras el paseo, cuando vuelvo a ser yo, siempre regreso a una gente vestida de negro, con inadecuadas gafas de sol, incluso cuando la oscuridad nos anuncia su momento. A una batería y a unas guitarras que con la simplicidad de Tax Station, una banda francesa de eso que ahora llaman postrock, me cuentan historias de ladrones nocturnos, probablemente, mi vocación. Todo un hallazgo pese a sus escasas quinientas visitas en youtube. Uno de esos milagros que solo se encuentran en el que califico como el mejor festival europeo, el certamen que bajo la marca de Vieilles Charrues se celebra a mediados de julio en Carhaix. Este año no me lo pierdo. Con Matmatah, La Femme, Camille y Paolo Conte en el cartel, haremos otra vez el esfuerzo. Todo un privilegio para quienes renegamos de esos chic@s ñoñ@s, cantando al desamor que, disfrazados de fundamentalistas islámicos encuentran en Conde Duque o en la Casa Encendida, el espacio adecuado para demostrar las terribles consecuencias de creerse adolescente a los cuarenta. Esa cosa que en todas las ramas conocidas del arte, llamamos indie español.



Espero que les gusten los bretones y que su Night Thief les ayude a disfrutar de un feliz #VDLN y una mejor semana. Hasta la próxima, si nadie lo remedia, con mis habituales deseos de salud y libertad.

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New Day. Say yeah! #VDLN 158

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Aunque tendemos a culpar a los zapatos de los tropiezos, cada uno de nosotros no es más que la consecuencia de sí mismo. De su historia, de sus miedos, de la voluntad por vencerlos. Para nada sirve alojarse en el pasado, por terrible o fértil que sucediera, o dimitir del presente, bajo promesa de un futuro más amable que nunca se concreta. Sin innecesarios arrepentimientos, nacemos «hoy» por esencia, en cada nuevo amanecer, tengamos veinte o setenta. La edad tiene su aquel, cierto, pero en último extremo, como escribió Borges con tino sobre la democracia, no es otra cosa que un abuso de la estadística. El sobrevalorado físico de la juventud lo interpreto como una compensación de la naturaleza hacia quienes aún cursan primero de ciencias de la vida. Apañados iríamos si, a la inexperiencia propia de las décadas iniciales, sumáramos los males del colesterol alto, de esa tensión que por excesiva o escasa a nadie contenta, o de la simple alopecia. Con el tiempo se arrugan las frentes, crecen achaques en los cuerpos, pero la ilusión, como el atractivo, es patrimonio de un alma que inmortal o no, según el modo en que cada cual acepte engañarse, permanece inalterable hasta su desaparición. ¿Dónde voy yo con estos años? Nos preguntamos con frecuencia. Hasta donde tus pies decidan, si alguna vez los dejas.



Cuando Cristina Llanos comunicó a su hermana el deseo de asesinar la banda madrileña, a la autora de la mayor parte de las melodías, no le pilló por sorpresa. Ella también se hallaba cansada de repetirse, de recibir críticas por alejarse de los pecados de juventud o por «no llegar» a los sonidos que las lanzaron a la gloria. Pocos lastres resultan tan nocivos para la creatividad como la obligación impuesta de imitarse a uno mismo. La cantante necesitaba detenerse; la guitarrista, dimitir del personaje, tomar la voz y fabricar de una vez la música que la llena en este momento. Tras tres primeros discos para enmarcar, siguieron dos con alta nota. Precisaban un cambio y optaron por probar suerte en el mundo de la electrónica. Después otro capricho, esta vez a base de sonidos étnicos que debí ser el único humano al que satisfacieron. Regreso a los orígenes grunge con el inolvidable concierto en la sala el Sol y fin de fiesta con otro trabajo a mitad de viaje entre lo que apetecía y lo que fueron.

Y así nació New Day, el proyecto personal de Amparo Llanos en el que la acompaña Samuel, el bajista de los últimos años. Una mujer con el valor suficiente para ganarse el respeto del rock español, espacio donde se rinde culto a la más horrible versión del macho y en el que se sanciona con roja directa lo de alcanzar el éxito sin ser «de barrio». Si vas de vocalista mona, rodeada de barbudos, pase. Pero a quién se le ocurre ejercer de compositora y acariciar una guitarra infinitamente mejor que el noventa y nueve por ciento de los del gremio. Se necesita valor para, cumplidos los cincuenta, reinventarse de la nada y marcarse uno de los trabajos musicales de más calidad del presente año. Sin agente y sin discográfica, New Day ni es ni suena a pasado. Como comentaba ella en una reciente entrevista promocional, «quien quiera escuchar a Dover, ha tenido veinticinco años».



Aunque quizá el álbum contenga temas más acertados, me quedo con el que da título a esta entrada. Porque me gusta la gente que sale a tocar rock and roll con una camiseta a rayas, que ejerce de independiente sin la ñoña etiqueta del «indie» español y porque a los dos, quizá nos llega en ese momento de la vida en el comprendes que esto puede terminar sin aviso previo y solo te apetece fabricar un hueco a quienes saben despertarse diciendo «yeah». Ya vale de tristezas, de agobios, de ese todo está muy mal que nos condena a la depresión colectiva. Que sí, que el mundo se ve muy feo a veces, pero salvo reencarnaciones de última hora, solo tendremos una existencia y el peor de los delitos consiste en no disfrutarla hasta donde se deje. Para completar el menú, acompaño otro corte, Sunrise, el que presta sugerente nombre a la obra. Disculpen si no me muestro muy neutro, pero ya saben que cada uno caminamos prisioneros de nuestras filias y de nuestras fobias.



Los diablos se convirtieron en feliz recuerdo, comenzó un día nuevo. Nada de segundas partes, se trata de construir casi de cero, pero armados con la experiencia adquirida.  Un plan ilusionante. Con que les agrade la mitad que a mí, ya tendrán suficiente para pasar un feliz #VDLN y una mejor semana. Hasta la próxima, como siempre, con salud y en libertad.

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Marco Beltrami. Snowpiercer. #VDLN 157

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Hay días en los que te sientes lejos de todo y de todos, en los que miras alrededor y esperas que aparezca Iturriaga para indicarte que se trata de una broma, una grabación de la versión navideña de Inocente, inocente; o un vídeo de algún «youtuber» idiota, de esos que encuentran ingenioso llamarte en las narices «cara anchoa». A lo lejos, la constatación de un expolio: tipos de traje caro y señoras con olor a Clive nº 1 que nos roban, nos robaron y nos seguirán robando, mientras discutimos cuál de entre las dos españas de Machado, escogemos para que nos vacíe los bolsillos. Y la gente discutiendo que si derechas o izquierdas, que si fue penalti y que si Messi o Ronaldo. Y envidias a los vecinos pon el buen uso que unos kilómetros al norte, supieron darle en su momento a la guillotina.


Te asqueas porque el mismo tiparraco que se inventó la amnistía fiscal y te sube los impuestos, fundó un despacho de lujo, junto a su hermano y al antiguo irresponsable que dirigía la Agencia Tributaria en tiempos del de las armas de destrucción masiva. Uno de esos sitios bien, con dirección de correo en la calle Velázquez, segurata en la puerta y secretaria buenorra, en cuyo objeto social debe figurar el tráfico de favores. Y percibes que los que nacieron como alternativa, los que se mojan los labios para hablar de la gente, y que bajo el delito de apropiación indebida, usurparon lo mucho bueno del 15M; andan más preocupados de demostrar lo listos que se reconocen, que de servir a los que cometieron la torpeza de votarlos. Y luego va y remata el bobo de las coca-colas. Y comprendes que el juego consiste en dilucidar, en el nombre de un falso feminismo que apesta a macho, el suyo, cuál es el que coloca a la novia. Cómo si no se bastaran ellas solas. Que aquí mucha igualdad y mucha leche, pero al final la partida se juega entre un par de tíos que se creen superastutos. Lo de Doña Susana y los suyos, o lo de los radicalmente moderados Ciudadanos, mejor lo dejamos. De pequeño me enseñaron a no maldecir de los muertos.

Y yo sin poder expresar lo que pienso, porque los mismos delincuentes que aprobaron la Ley Mordaza, me enviarían sin demora a acompañar a Casandra, la chica que saltó a la fama por publicar cuatro chistes de gusto discutible, sobre un criminal que ascendió a los cielos por la vía inesperada. Y a cierta edad, no anda uno ya para esos trotes. Que no, que no contéis conmigo para el asunto de las cacerolas, porque los chorizos, aunque yo no los coma, dicen que se guisan mejor al cálido fuego de una hoguera. Y que me da vergüenza como unos mercenarios de azul, a los que pagamos entre los contribuyentes, protegen una sede que debieran asaltar para detener a todos, en el nombre del Derecho y la decencia.



Ante semejante panorama te refugias en lo personal, en ayudar sin esperar recompensa a quien se empecina en demostrar que no lo merece. Y te pegas otra hostia, de las que duelen. No por ti que en nada te afecta, sino por la percepción de fracaso que te envuelve. Y regresan imágenes del pasado. Como en el viejo tema de Héroes: siempre la misma función, el mismo teatro, el mismo espectador. Y te preguntas a ti mismo ¿cómo pude tener tan mala suerte de nacer aquí y tan imbécil?

Luego te acuerdas de Snowpiercer, una peli coreana de 2013, que en clave distópica narra la historia de toda la historia. La acción se sitúa en un futuro inminente, tras una glaciación artificial, consecuencia de los esfuerzos tecnológicos por combatir el cambio climático. Ese que los que no quieren verlo, dicen que no existe y que forma parte de un proceso tan natural como la alternancia entre el día y la noche. La vida en la Tierra se volvió inviable al aire libre. Los únicos supervivientes viajan en un tren que nunca se detiene, una especie de microplaneta que reproduce cada uno de los estamentos sociales, desde los parias hasta la casta dirigente. Los primeros malviven en los últimos vagones, hacinados, sin otra finalidad que servir de mano de obra y reproducirse para garantizar el mantenimiento del mal llamado homo sapiens. Los segundos, navegan en la opulencia, disfrutando de todo tipo de placeres. La situación se torna insostenible y los oprimidos, con un caudillo al frente, intentan tomar el mando. Lo consiguen por la fuerza, al precio de mucha muerte. Cuando el líder rebelde alcanza la cabecera del convoy, descubre que el argumento ya estaba escrito, que obedecía a un plan trazado por el jefe para escoger a su sucesor, ante la inminencia de su fallecimiento. La revolución soñada, solo era una estrategia de la élite dominante para que nada se alterase y el tren siguiera marchando sin pausa. Final demoledor, con una puerta abierta a la esperanza: la libertad no consiste en alcanzar el primer vagón, sino en hacer descarrilar la máquina; en destruirlo todo y permitir a la naturaleza comenzar de nuevo.




Con dirección de Bong Joon-ho, la música de Marco Beltrami, no desmerece. Les ofrezco un par de muestras: el trailer original y la versión de uno de los temas principales de la película que, al violín de Sandy Cameron, extremece. Espero que les gusten.

Feliz #VDLN, feliz semana. Si queremos que mis habituales deseos de salud y libertad se vuelvan algún día posibles… Ya saben, como en Snowpiercer, qué parezca un accidente.

PDT: Para quienes se manejen con el inglés, nivel entender a pelo los diálogos, aquí tienen un enlace en el que poder contemplar entera la peli.

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Gracias

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Algún día la vida por sorpresa
se vestirá de amante despechada.
Elegirá quizá para la ocasión un traje largo
de crisis aguda de cefalea en racimos
y seré yo mismo quien escoja el arma.
Tal vez se disfrace de tráfico insolente
de cierta adicción de la que nunca por completo
logré separarme. O si me empeño lo bastante
en no colaborar
de cualquier rareza autoinmune. Acabará todo
porque todo acaba. Y en función del instante
exacto en que decida presentarse. No descarto
responder
escuetamente:
gracias.

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Spandau Ballet. Lento y con riesgo. #VDLN 156

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Tras el desayuno y la correspondiente llamada al aeropuerto, en un intento baldío por recuperar el equipaje, lo primero era conseguir algo de ropa, no íbamos a estar cuatro días sin muda. Mi caso resultaba mucho más sencillo, Antonio, con un poco de buena voluntad, casi cuadraba con mi talla; algo más bajo y bastante más fuerte, pero me apañaba. El de ella presentaba peor diagnóstico. Ninguna de las chicas alcanzaba ni de lejos su estatura y mucho menos su delgadez extrema. Preguntamos en recepción por algunos lugares en los que proveernos e invertimos el orden natural de la visita: primero las compras, solos, que no era cuestión de fastidiarle a nadie el plan por un problema que nos pertenecía; luego el ocio y la cultura, ya reintegrados al grupo después del almuerzo. En nuestro peregrinar por las tiendas del centro de la City, no mentamos el incidente de la noche pasada, pero… allí estaba, en medio de los dos, como un invisible muro de hormigón que, de algún modo, nos separaba. Creo que ambos nos vimos infectados por el mismo mal: el miedo a revisar unos segundos que deseábamos no hubieran existido. Al salir de uno de los comercios se decidió. Aparcó las bolsas en el suelo, tiró de mi solapa y me amarró por el cuello para propinarme uno de esos besos con los que concluían las películas de antes. Lo interpreté como un modo de solicitar el perdón tras su ataque de ira incontenida o, tal vez, de demostrar que era ella quien había disculpado mis omisiones. Juiciosa osadía, la de despreciar lo que nos distanciaba sin requerir de motivos. Ni los comentarios de un par de indígenas que abandonaban el establecimiento, lograron interrumpir nuestra personal ceremonia de la reconciliación.



Por la noche, en el Soho, lo primero fue pillar un poco de «aquello», de compleja tramitación aduanera, que en los ochenta considerábamos imprescindible para salir de fiesta. Menudos precios, cómo para quejarnos de regreso al estafador de San Blas que en Madrid nos servía de intendencia. Después, ronda de clubs hasta localizar el nuevo templo neorromático, tras el cierre del mítico Blitz de Covent Garden. Aquí ya no hallaríamos a Steve Strange ejerciendo de «segurata», siempre atento a que al recinto no accediera nadie que no diera «la imagen». Se cuenta que llegó a negar la entrada al mismísimo Mick Jagger, porque en lugar tan sagrado no había espacio para los rockeros. Tampoco a los Spandau Ballet en sus inicios «synth pop», cuando ejercían de banda residente. Pero nos valía para entrar en materia de cara al próximo concierto de los londinenses sobre el que, a fin de cuentas, se construía la excusa de nuestra expedición.

Una de las compañeras se espesó con los chicos de Gary Kemp. Nos narró verdades y mentiras, desde sus orígenes bajo el nombre de The Makers, hasta el éxito de masas, tras abandonar la asfixiante etiqueta «new wave» y abrazar para siempre el soul de calidad, lo suyo. Pasada de alcohol, se volvió reiterativa. Tres veces nos descubrió la procedencia del nombre del grupo: Spandau venía de un distrito de Berlín, célebre por albergar entre sus muros el presidio en que cumplieron condena los dirigentes nazis que sobrevivieron a la última gran guerra; lo del ballet constituía una cruel metáfora sobre el movimiento del cuerpo de los condenados, en plena ejecución por ahorcamiento. A medida que la charla avanzaba, desconecté del presente para perderme en mis habituales filosofías baratas. A nuestra sociedad contemporánea, la creemos prisionera de la enfermedad del tiempo. Una falsedad, trabajamos menos horas que en cualquier otra época y gracias al proceso tecnológico, con mucho menor desgaste físico. El demonio es la velocidad. Todo con prisa para que quepa más, para hacer más productivo hasta lo que por naturaleza carece de medida. Los plazos, las obligaciones autoimpuestas, los ritmos…



Además del conciertazo en Camden Palace, si algo bueno obtuvimos de aquel borrascoso viaje a Londres, fue el atrevernos a cruzar las estúpidas barricadas que unas veces nos separan del prójimo, otras de quienes más queremos y, con mayor frecuencia de la deseable, hasta de nosotros mismos.

La canción en sí, narra la complicada relación sentimental entre un católico y una protestante, en pleno conflicto de Irlanda. Una especie de homenaje de los miembros del grupo a un amigo que murió, víctima de la brutalidad de la policía británica. Una buena lección para estos tiempos de absurdas distancias. Spandau Ballet, Through the Barricades, lento y con riesgo, como debe hacerse todo lo que en esta vida merece la pena, incluso el amor.

Aunque empiecen a sonar a antigualla, espero que les gusten. Feliz #VDLN, feliz semana. Salud y libertad.

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